LO SINIESTRO - FREUD - comments
El concepto de "lo extraño inquietante" que Freud desarrolla en su artículo de 1919, también ha sido traducido al castellano por "lo siniestro" y quizás sea así más conocido y también más explícito. Antes de Freud, Schelling, el filósofo alemán del romanticismo, define la noción de "extrañeza inquietante" (en alemán unheimlich) como "lo que debía de haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado". Sin embargo, lo complejo del término alemán Unheimlich lo ha hecho meritorio de un gran espacio cuando nos referimos a fenómenos psicológicos que tienen que ver con la angustia, con el fantasma, con lo pavoroso.
Así, unheimlich es el antónimo de heimlich. A su vez, el término Heimlich no tiene un sentido único, dice Freud, sino que pertenece a dos grupos de representaciones bastante alejadas entre sí. Un primer sentido designa por heimlich algo que es familiar, íntimo, amable; un segundo sentido, sin embargo, designa por heimlich algo más que lo íntimo: sería lo secreto, lo oculto, lo impenetrable.
Este significado llevado más lejos, designa también algo más que lo oculto, se refiere a lo ocultado, lo escondido, lo peligroso. El sentido evoluciona de este modo hacia su antónimo y casi se confunde con él. Pero su antónimo unheimlich o nuestro concepto de "lo siniestro" es una voz más compleja, designa con sutileza un conjunto de antónimos que se unen en una sola representación. Esto es, lo familiar, lo íntimo y lo amable transformado en su contrario, a la vez que lo secreto, oculto o escondido, deja de ser tal. Nos encontramos con esta construcción del concepto de unheimlich que define Schelling, se trata de algo que se manifiesta cuando debería estar oculto y que muestra la otra cara de lo familiar, de lo amable, volviendo estas vivencias siniestras, sorpresivas, inquietantes, sobrecogedoras.
En lo extraño inquietante, el juego dialéctico de lo familiar y de lo extraño, por el hecho de que está concentrado en el mismo objeto (familiar y extraño a la vez, escondido y desocultado), se complica extraordinariamente. Lo paradójico consiste en que la fuente de pavor no es lo extraño en su oposición inmediata a lo familiar, sino que lo que antes era familiar, emerge bajo un aspecto amenazante, peligroso, siniestro y que a su vez refiere algo conocido desde siempre que ha estado oculto, en la sombra. "Todo lo que debería permanecer secreto, pero que se manifiesta", como dice Schelling. Esta manifestación hace coincidir en el seno del objeto a la vez presente y ausente, el acto de olvidar y el acto de rememorar.
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Freud plantea Lo Siniestro (1919), como una vivencia contradictoria donde lo extraño se nos presenta como conocido y lo conocido se torna extraño. Ese sentimiento que siendo familiar y conocido regresa a nosotros con una sensación de extrañeza y contenido terrorífico que nos produce angustia.En un primer momento Freud define lo siniestro como aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido y familiar desde hace mucho tiempo, empero, no todo lo nuevo y no familiar se vuelve siniestro, algo se tiene que adherir para que devenga siniestro. Freud se plantea lo siguiente ¿Cómo es posible que lo familiar devenga siniestro, terrorífico y en qué condiciones ocurre?
Es menester definir lo siguiente:
Heimlich = lo íntimo, conocido, familiar.
Un-Heimlich = desconocido, clandestino, terrorífico
El psiquiatra español López Ibor refiere que una vez el padre de Kierkegaard le cuenta a su hijo la historia del bandido generoso, un ser que asaltaba y asesinaba para favorecer a los desahuciados, una especie de Robín Hood, un tipo violento pero generoso. Quedando muy impresionado por los relatos de su padre Kierkegaard se dirige a su cuarto y pasa frente un espejo, donde se detiene mirándose detenidamente, fue en ese momento cuando le sobrevino una crisis de angustia, López Ibor se pregunta ¿qué es lo que le pasó a Kierkegaard en ese momento, por qué se angustió tanto?. Respondiéndose posteriormente: vio al criminal que todos tenemos dentro, vio la posibilidad de que él mismo pueda convertirse en aquel bandido.
Freud recurre a un cuento de Hoffman para elucidar lo siniestro. El cuento habla del hombre de arena, un ser maléfico que buscaba a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja puñados de arena a los ojos hasta que estos, bañados en sangre, saltan de la cabeza; después metía los ojos en una bolsa y se los llevaba. Freud reemplaza la figura del hombre de arena por la figura del padre temido, del cual se espera la castración. Es evidente que existen similitudes con el complejo de Edipo, puesto que el hombre de arena aparece como perturbador del amor impidiendo que se pueda consumar la unión del joven protagonista con su amada, que en sentido alegórico representa la figura materna que vemos en el complejo de Edipo. La experiencia psicoanalítica a través del estudio de los sueños, fantasías y mitos revela que dañarse los ojos o perderlos es una de las situaciones más espeluznantes para los niños, esto se debe a que la angustia producida por la pérdida de los ojos o quedar ciego es con harta frecuencia un sustituto del de angustia ante la castración, por otro lado, la represalia que toma Edipo contra sí mismo por el crimen cometido (parricidio) no es más que una metáfora de la castración (arrancarse los ojos). Si entendemos esto podemos colegir que lo siniestro en la figura del hombre de arena se debe a la angustia del complejo de castración, que se transfiere en la lectura y se conecta con la propia angustia del lector.
Freud aclara que lo siniestro no es la incertidumbre intelectual (lo desconocido, lo nuevo) como postula la tesis de Jentsch, sino mas bien entenderlo como el despertar de una angustia infantil que por medio de la compulsión de repetición se nos presenta nuevamente en la actualidad. En realidad, la sensación de lo siniestro (miedo) estriba no en lo nuevo o ajeno, sino más bien, en lo familiar de la vida anímica del sujeto, que fue enajenado por el proceso de la represión. Esto se articula con lo que decía Schelling: “Lo ominoso es algo que destinado a permanecer oculto (inconsciente), ha salido a la luz”, y podremos agregar entonces que sólo es consciente a través de la angustia. Para esclarecer este punto, pensemos en la representación del cuco. Nadie sabe cómo es, porque nadie nunca lo ha visto, empero le tenemos miedo, miedo a algo que no vemos, que no sabemos si existe y que no conocemos. La pregunta pertinente aquí es: ¿Cómo tenerle miedo a algo que no conocemos? siendo supuestamente el miedo “aprendido” (según Watson y al pequeño Albert que colaboro con el experimento, aunque no sabes si a voluntad propia). En la representación del cuco el sujeto pone afuera algo que le es propio, ahí donde no puede ver, donde no hay nada, pone algo de sí mismo, proyecta una imagen que él mismo se resiste a ver porque le causa angustia (porque está reprimido), entonces ¿qué hay debajo de la cama? Sergio Alonso nos dice: La respuesta es muy fácil, NO HAY NADA, nada que no sea algo de nuestro propio terror, el cual no queremos hacer consiente porque nos produce gran malestar, obviamente es conocido y permanece oculto (reprimido) desde hace mucho tiempo. Este es el proceso por el cual aparece en eso nuevo y extraño algo propio que nos aterra. Lo Heimlich deviene Un-Heimlich dice Freud. Lo que vemos en lo siniestro son aquellas estructuras como la muerte, la violencia, el odio y el terror, que creímos haber superado en con la asunción de la adultez; pero que sin embargo están ahí reprimidas y regresan a nosotros a través de mecanismos de defensa como la proyección.
Un aspecto interesante del cual Hoffman saca provecho del efecto siniestro que producía, es la presencia y aparición de dobles. Personas con idénticas características físicas y co-poseedoras del sentir y vivenciar de la otra, hasta el punto de que el YO perdía su propia identidad. El psicoanálisis ve en el doble un origen preventivo contra el sepultamiento del YO, un intento de desmentir el poder y la llegada de la muerte, es decir, al duplicar mi YO prolongo mi existencia; es probable que el alma, con la inmortalidad como su principal cualidad, fuera el primer doble que creó la representación psíquica de los primitivos.
Sin embargo, el doble existió siempre y primero formó parte de una estructura psíquica. En el momento de la formación del aparato psíquico, el YO sufre una escisión, desprendiéndose así el SÚPER-YO, que se configura como conciencia moral, es decir, el YO crea un doble de él mismo, pero un doble ideal (ideal del YO), que rige y evalúa la moral del YO (esta formación no es más que la repetición de la relación padre-hijo, en la cual el hijo tiene que regirse bajo los mandatos que le impone el padre, ya que el Súper-YO no es más que la herencia del complejo de Edipo). La nueva entidad psíquica, SÚPER-YO, toma al YO como un objeto, dirigiendo con severidad sus restricciones y censuras. Éste, a través de la represión, impide que el YO tome conciencia de sus verdaderos sentimientos agresivos y hostiles, apartándolos de su consciencia y defendiéndose de éstos por medio de un mecanismo de proyección. El YO toma sus propios sentimientos como ajenos y provenientes del exterior, esto es lo que termina constituyendo el clima que percibimos en lo siniestro, característico del mundo animista, donde existen almas peligrosas y espíritus malignos que encontramos en tantas culturas como representantes de la muerte, siendo en realidad, los propios sentimientos agresivos, que regresan percibidos como procedentes del exterior. Este mecanismo de la proyección es el mismo que opera en la frase popular: “El ladrón cree que todos son de su misma condición”.
En algunos casos donde las restricciones del SÚPER-YO son demasiado imperantes y no permiten satisfacer las demandas del YO, se proyecta la imagen del SUPER-YO, formándose así un alma perturbadora, es decir el SÚPER-YO es ahora externalizado, formando un ser ajeno a nosotros que perturba nuestra vida, lo que comúnmente se conoce como almas penando, es así que también podemos encontramos similitudes con el delirio de persecución que perturba al paranoico. Los muertos son sentidos como siniestros a partir de que se les extiende el deseo de inmortalidad desde uno mismo hacia el muerto. Se colige que desearía seguir vivo, atribuyendo que envidia nuestra propia vida y nos quisieran ver muertos, tal es así que en la posesión se encuentra una doble satisfacción, ya que por un lado se satisface el deseo de vernos muertos y por el otro de regresar a la vida. En las fantasías o invadidos por la ira, deseamos la muerte o asesinato de otro, según la concepción de los pueblos antiguos primitivos, solo se muere por asesinato, sea violento o mediante ensalmo, esto hacia que se considere el alma del muerto como vengativa, temiendo las represalias que desde la otra vida podría tomar el fallecido. El despertar siniestro que encontramos en los muertos es evidente, ya que el psicoanálisis nos enseña que todo deseo es incestuoso y parricida, es decir, el niño desea asesinar al padre y acostarse con la madre, lo siniestro aquí se engarza con los deseos inconscientes que fueron reprimidos. Desde esta perspectiva derivan todas las posesiones demoníacas que en la actualidad son llevadas al cine en películas como “El Conjuro o La Noche del Demonio” (ambas dirigidas por James Wan), en las cuales aparece el factor antes mencionado, el alma que entendemos como una proyección del SÚPER-YO ahora quiere dominar nuestra vida, la posesión es la metáfora perfecta de ese deseo, así como el YO esta sojuzgado a merced del Súper-YO, ahora el sujeto teme que el alma que lo perturba pueda poseerlo, es decir el Súper-YO ejerza su dominio total mediante la posesión. Lo reprimido se vuelve siniestro, en tanto es una moción de sentimiento que a través de la compulsión de repetición, regresa a la conciencia como angustia.
Otra pregunta que nos podemos plantear es: ¿De dónde surge la idea de que los muertos resuciten? Quizá de la misma idea de buscar una transcendencia de nuestra existencia, los muertos resucitan quizá porque uno mismo quisiera vivir más tiempo; entonces si los muertos resucitan se estaría cumpliendo muestro propio deseo de resurrección. Si el Edipo es la realidad psíquica, como decía Lacan, podemos pensar que este muerto viviente no es otro que el padre primordial que asesinamos, como se explica en Tótem y Tabú, al que siempre quisimos asesinar de infantes, quizá lográndolo en alguna fantasía, pero al cual no podemos vencer sólo con su muerte y aún después de muerto sigue castrando nuestro deseo incestuoso, además que su herencia es la principal influencia en la formación del Súper-Yo.
Una característica de los seres terroríficos que hemos descrito, es la inmortalidad, que debe su génesis al momento en que se constituye el Edipo, la figura autoritaria del padre es temida, ya que es percibida por el infante como amenazante y al compararse se da cuenta de que el padre al ser más fuerte ganaría la contienda y se quedaría con la madre. El padre pasa a ser visto como inmortal, invencible, omnipotente. De ahí la cercanía que se presenta con la religión, en la que justamente existe el principio de temor de Dios, además podemos encontrar lo siniestro de la omnisciencia de Dios, tema que abordaremos ulteriormente.
Encontramos también en el deja vu propiedades de lo siniestro, en la cual una circunstancia nueva es sentida como familiar y nos causa extrañeza total. Para discernir mejor Freud decía en Tótem y Tabú (1913): “no existe nada en el mundo exterior que no haya estado antes en el mundo interior del sujeto”. En el deja vu, los deseos no satisfechos en la realidad son desplazados inconscientemente a las fantasías donde encuentran sustitutivamente su satisfacción, puesto que la consciencia no llega a diferenciarlos de la realidad. La sensación de haber vivido esa circunstancia, ha sido entonces experimentada desde una fantasía que fue reprimida, o la sensación ya haber vivido antes esa experiencia sirve como anulación de un deseo. Freud menciona que cuando soñamos con lugares que siendo nuevos, sentimos como familiares, son representación del deseo inconsciente de regresar al vientre materno.
Freud habla de su propia experiencia. Cuenta que una vez caminando por calles vacías, se dio cuenta que estaba por una zona de prostitución, al querer abandonar esa zona, se dio cuenta que regresó al mismo punto, al volver a intentarlo; pero esta vez con mayor apremio, regresó por tercera vez al mismo lugar. La intelección nos lleva a pensar que puede existir un tipo de satisfacción a nivel inconsciente, al estar en ese lugar reprimido antiguamente en algún momento, quiso abandonar ese lugar; pero la pulsión que busca constantemente repetir o reconducirnos hacia ese momento de satisfacción, de cese, de placer, donde sólo gozamos y ya no buscamos otro estimulo, una especie de periodo refractario psíquico; lo llevó nuevamente al mismo lugar donde existía una satisfacción de estar ahí, pero al regresar, la represión hace que lo vea como extraño, como si nunca lo hubiera deseado, lo toma como si ese deseo no le perteneciera, es ahí donde se convierte en una sensación siniestra.
Las decapitaciones, los cortes, amputaciones, la sangre, etcétera; tienen un enorme efecto siniestro debido al complejo de castración, que por medio de un desplazamiento, la angustia de castración se desplaza hasta otras partes del cuerpo. En películas donde se presentan este tipo de escenas, se ve en la imagen del asesino al padre temido, la angustia viene por la identificación con los personajes, entendiendo que se ha estado en una circunstancia muy similar en la infancia (complejo de castración), además también por esa primera falta de organización y madurez del cuerpo a la que se refería lacan en el estadio del espejo, ese miedo a regresar al periodo refractario, donde no poseíamos el control de nuestro propio cuerpo. En el mismo sentido, este tipo de imágenes pueden servir a otros sujetos como sublimación de su deseo sádico. Encontramos un claro ejemplo en la prensa actual, donde cada vez más, se goza, cuando se muestran imágenes de muertos y accidentes sin censura, donde yo no soy el que comete el crimen o delito, pero soy yo quien gozo al verlo. Es así como encontramos lo siniestro en muchas situaciones cotidianas posicionándose ahora como un referente del miedo en la cultura.
lunes, 22 de julio de 2019
Cornetín - Cátulo Castillo
Cornetín
Cátulo Castillo
Tarí, Tarí.
Lo apelan Roque Barullo
conductor del Nacional.
Con su tramway, sin cuarta ni cinchón,
sabe cruzar el barrancón de Cuyo.
El cornetín, colgado de un piolín,
y en el ojal un medallón de yuyo.
Tarí, tarí.
y el cuerno listo al arrullo
si hay percal en un zaguán.
Calá, que linda está la moza,
calá, barriendo la vereda,
Mirá, mirá que bien le queda,
mirá, la pollerita rosa.
Frená, que va a subir la vieja,
frená porque se queja,
si está en movimiento.
Calá, calá que sopla el viento,
calá, calá calamidad.
Tarí, tarí,
trota la yunta,
palomas chapaleando en el barrial.
Talán, tilín,
resuena el campanín
del mayoral
picando en son de broma
y el conductor
castiga sin parar
para pasar
sin papelón la loma
Tarí, tarí,
que a lo mejor se le asoma,
cualquier moza de un portal
Qué linda esta la moza,
barriendo la vereda,
mirá que bien le queda,
la pollerita rosa.
Frená, que va a subir la vieja,
Frená porque se queja
si está en movimiento,
calá, calá que sopla el viento,
calá, calá calamidad.
Tarí, Tarí.
Conduce Roque Barullo
de la línea Nacional.
Cátulo Castillo
Tarí, Tarí.
Lo apelan Roque Barullo
conductor del Nacional.
Con su tramway, sin cuarta ni cinchón,
sabe cruzar el barrancón de Cuyo.
El cornetín, colgado de un piolín,
y en el ojal un medallón de yuyo.
Tarí, tarí.
y el cuerno listo al arrullo
si hay percal en un zaguán.
Calá, que linda está la moza,
calá, barriendo la vereda,
Mirá, mirá que bien le queda,
mirá, la pollerita rosa.
Frená, que va a subir la vieja,
frená porque se queja,
si está en movimiento.
Calá, calá que sopla el viento,
calá, calá calamidad.
Tarí, tarí,
trota la yunta,
palomas chapaleando en el barrial.
Talán, tilín,
resuena el campanín
del mayoral
picando en son de broma
y el conductor
castiga sin parar
para pasar
sin papelón la loma
Tarí, tarí,
que a lo mejor se le asoma,
cualquier moza de un portal
Qué linda esta la moza,
barriendo la vereda,
mirá que bien le queda,
la pollerita rosa.
Frená, que va a subir la vieja,
Frená porque se queja
si está en movimiento,
calá, calá que sopla el viento,
calá, calá calamidad.
Tarí, Tarí.
Conduce Roque Barullo
de la línea Nacional.
Soneto a Violante Lope de Vega
Soneto a Violante
Lope de Vega
Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aún sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.
Lope de Vega
Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aún sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.
Silencio Francisco Luis Bernárdez
Silencio
Francisco Luis Bernárdez
No digas nada, no preguntes nada.
Cuando quieras hablar, quédate mudo:
que un silencio sin fin sea tu escudo
y al mismo tiempo tu perfecta espada.
No llames si la puerta está cerrada,
no llores si el dolor es más agudo,
no cantes si el camino es menos rudo,
no interrogues sino con la mirada.
Y en la calma profunda y transparente
que poco a poco y silenciosamente
inundará tu pecho de este modo,
sentirás el latido enamorado
con que tu corazón recuperado
te irá diciendo todo, todo, todo.
Francisco Luis Bernárdez
No digas nada, no preguntes nada.
Cuando quieras hablar, quédate mudo:
que un silencio sin fin sea tu escudo
y al mismo tiempo tu perfecta espada.
No llames si la puerta está cerrada,
no llores si el dolor es más agudo,
no cantes si el camino es menos rudo,
no interrogues sino con la mirada.
Y en la calma profunda y transparente
que poco a poco y silenciosamente
inundará tu pecho de este modo,
sentirás el latido enamorado
con que tu corazón recuperado
te irá diciendo todo, todo, todo.
MANO A MANO - TANGO
MANO A MANO
Rechiflao en mi tristeza, hoy te evoco y veo que has sido
en mi pobre vida paria sólo una buena mujer;
tu presencia de bacana puso calor en mi nido,
fuiste buena, consecuente y yo sé que me has querido
como no quisiste a nadie, como no podrás querer.
Se dio el juego de remanye cuando vos, pobre percanta,
gambeteabas la pobreza en la casa de pensión;
hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta,
los morlacos del otario los tirás a la marchanta
como juega el gato maula con el mísero ratón.
Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones;
te engrupieron los otarios, los amigos, el gavión;
la milonga entre magnates con sus locas tentaciones
donde triunfan y claudican milongueras pretensiones
se te ha entrado muy adentro en el pobre corazón.
Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado,
no me importa lo que has hecho, lo que hacés ni lo que harás;
los favores recibidos creo habértelos pagado
y si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado
en la cuenta del otario que tenés se la cargás.
Mientras tanto que tus triunfos, pobres triunfos pasajeros,
sean una larga fila de riquezas y placer;
que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos
que te abrás en las paradas con cafishios milongueros,
y que digan los muchachos: .Es una buena mujer..
Y mañana, cuando seas descolado mueble viejo
y no tengas esperanzas en el pobre corazón,
si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,
acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo
p.ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión.
Compositores: Carlos Gardel / Celedonio Flores / Jose Razzano
Letra de Mano A Mano © BMG Rights Management US, LLC
Rechiflao en mi tristeza, hoy te evoco y veo que has sido
en mi pobre vida paria sólo una buena mujer;
tu presencia de bacana puso calor en mi nido,
fuiste buena, consecuente y yo sé que me has querido
como no quisiste a nadie, como no podrás querer.
Se dio el juego de remanye cuando vos, pobre percanta,
gambeteabas la pobreza en la casa de pensión;
hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta,
los morlacos del otario los tirás a la marchanta
como juega el gato maula con el mísero ratón.
Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones;
te engrupieron los otarios, los amigos, el gavión;
la milonga entre magnates con sus locas tentaciones
donde triunfan y claudican milongueras pretensiones
se te ha entrado muy adentro en el pobre corazón.
Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado,
no me importa lo que has hecho, lo que hacés ni lo que harás;
los favores recibidos creo habértelos pagado
y si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado
en la cuenta del otario que tenés se la cargás.
Mientras tanto que tus triunfos, pobres triunfos pasajeros,
sean una larga fila de riquezas y placer;
que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos
que te abrás en las paradas con cafishios milongueros,
y que digan los muchachos: .Es una buena mujer..
Y mañana, cuando seas descolado mueble viejo
y no tengas esperanzas en el pobre corazón,
si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,
acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo
p.ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión.
Compositores: Carlos Gardel / Celedonio Flores / Jose Razzano
Letra de Mano A Mano © BMG Rights Management US, LLC
NO ERA AMOR - José Ángel Buesa
NO ERA AMOR
No era amor. Fue otra cosa.
Pero según murmuran en la ciudad aquella,
yo cometí el delito de inventarte una estrella,
y fue tuyo el pecado de ofrecerme una rosa.
No era amor, no era eso
que se enciende en la sangre como una llamarada:
Era mirar tus ojos y no decirte nada
o acercarme a tu boca sin codiciar un beso.
Tarde para mi hastío,
tarde para tu angustia de mariposa en vano,
éramos como dos ciegos que se daban la mano,
como dos niños pobres, tu corazón y el mío.
Nada más. Ni siquiera
suspirar en la lluvia de una tarde vacía.
No era amor, fue otra cosa. No sé lo que sería.
Yo sé que es triste que nadie lo creyera.
José Ángel Buesa
No era amor. Fue otra cosa.
Pero según murmuran en la ciudad aquella,
yo cometí el delito de inventarte una estrella,
y fue tuyo el pecado de ofrecerme una rosa.
No era amor, no era eso
que se enciende en la sangre como una llamarada:
Era mirar tus ojos y no decirte nada
o acercarme a tu boca sin codiciar un beso.
Tarde para mi hastío,
tarde para tu angustia de mariposa en vano,
éramos como dos ciegos que se daban la mano,
como dos niños pobres, tu corazón y el mío.
Nada más. Ni siquiera
suspirar en la lluvia de una tarde vacía.
No era amor, fue otra cosa. No sé lo que sería.
Yo sé que es triste que nadie lo creyera.
José Ángel Buesa
LA LETANIA DEL DOMINGO Horacio Rega Molina
LA LETANIA DEL DOMINGO
Horacio Rega Molina
(1899-1957)
Como es día domingo, por la ciudad me pierdo.
Busco una calle muerta para mi poca fe.
La calle tiene un nombre que ahora no recuerdo
porque en un mismo sueño lo supe y lo olvidé.
La calle es como un niño que por la vez primera
busca sin esperanza un juguete perdido.
Su manera de hablar fue antaño mi manera
y su cabeza rubia, yo también la he tenido.
Tristeza del domingo. La soledad me agobia
y de improviso siento la pena singular
de que, sin conocerla, yo he tenido una novia
que en este mismo instante me ha dejado de amar.
La calle se ha llenado de parejas furtivas...
Un ómnibus vacío compendia mis dolores,
y siento que las únicas manos caritativas
son las manos de bronce que hay en los llamadores.
El domingo es el drama del hastío y del ocio,
es un palo vestido con cintas y sonajas.
Deseo madrileño de poner un negocio
con un billar de lance y un mazo de barajas.
Es como esos jardines que hay en los hospitales.
Es la vulgar cadencia de una música en boga.
Tiene las etiquetas y los sellos usuales
de un frasco destapado que contuvo una droga.
Es, en cualquier esquina, el bastón y el sombrero
de un burgués que se mira los botines lustrados,
y la satisfacción de un sobrio jardinero
que anda por una calle con árboles podados.
Aparece, indeciso, al fin de la semana,
cual de una bocamanga la mano de un enfermo.
Y es también un hortera con alma veneciana
que va a remar, de tarde, al lago de Palermo.
Si adquiriera, de pronto, contornos personales,
con la necesidad de ganar su peculio,
sería un vendedor de tarjetas postales
en una librería del Paseo de Julio.
Es uno de los días más trágicos y crueles.
Triste como un desfile de Ejército y Armada.
(Hay también otro ejército con muchos coroneles,
y es el de Salvación, que no ha salvado nada.)
Domingo, el almanaque te anuncia al rojo vivo
pero tú necesitas un color con sordina,
como un farol chinesco, será decorativo,
pero la luz que arroja no viene de la China.
Yo lo suprimiría, sin cargo de conciencia,
suprimiría el día y el hombre endomingado.
Pero es fatal, como esa ridícula frecuencia
con que se da un tropiezo en un patio alfombrado.
También suprimiría la calle, en la que exponen
los árboles urbanos su edilicio follaje.
¿Qué será de la calle cuando ellos la abandonen
para formar, más lejos, otro nuevo paisaje?
Guiñándome su ojo de vidrio en la capota
pasa un coche vacío, reumático, terroso,
la luna, sobre el cable de una esquina remota,
ha colgado su antiguo letrero luminoso.
Y el domingo es como una lata de caramelos
que en el atardecer ha sido terminada.
La calle se proyecta, entre los rascacielos,
como una galería de ciudad sepultada.
Entonces interpreto, bajo la trapisonda
de las calles lascivas y la innumera gente,
los ojos enlutados de la mujer que ronda
y atisba, tras los vidrios del cafetín, un cliente.
El domingo, en estado comatoso y de fiebre
me ve, sin domicilio, caminar con desgaire;
he sido mi arquitecto, mi albañil y mi orfebre
mas la ciudad no admite castillos en el aire.
Pero qué importa, en medio de gritos y de fugas,
ya la edificación, sin ruido, se desploma,
y en un encogimiento de pliegues y de arrugas
la ciudad se desinfla como un globo de goma.
Horacio Rega Molina
(1899-1957)
Como es día domingo, por la ciudad me pierdo.
Busco una calle muerta para mi poca fe.
La calle tiene un nombre que ahora no recuerdo
porque en un mismo sueño lo supe y lo olvidé.
La calle es como un niño que por la vez primera
busca sin esperanza un juguete perdido.
Su manera de hablar fue antaño mi manera
y su cabeza rubia, yo también la he tenido.
Tristeza del domingo. La soledad me agobia
y de improviso siento la pena singular
de que, sin conocerla, yo he tenido una novia
que en este mismo instante me ha dejado de amar.
La calle se ha llenado de parejas furtivas...
Un ómnibus vacío compendia mis dolores,
y siento que las únicas manos caritativas
son las manos de bronce que hay en los llamadores.
El domingo es el drama del hastío y del ocio,
es un palo vestido con cintas y sonajas.
Deseo madrileño de poner un negocio
con un billar de lance y un mazo de barajas.
Es como esos jardines que hay en los hospitales.
Es la vulgar cadencia de una música en boga.
Tiene las etiquetas y los sellos usuales
de un frasco destapado que contuvo una droga.
Es, en cualquier esquina, el bastón y el sombrero
de un burgués que se mira los botines lustrados,
y la satisfacción de un sobrio jardinero
que anda por una calle con árboles podados.
Aparece, indeciso, al fin de la semana,
cual de una bocamanga la mano de un enfermo.
Y es también un hortera con alma veneciana
que va a remar, de tarde, al lago de Palermo.
Si adquiriera, de pronto, contornos personales,
con la necesidad de ganar su peculio,
sería un vendedor de tarjetas postales
en una librería del Paseo de Julio.
Es uno de los días más trágicos y crueles.
Triste como un desfile de Ejército y Armada.
(Hay también otro ejército con muchos coroneles,
y es el de Salvación, que no ha salvado nada.)
Domingo, el almanaque te anuncia al rojo vivo
pero tú necesitas un color con sordina,
como un farol chinesco, será decorativo,
pero la luz que arroja no viene de la China.
Yo lo suprimiría, sin cargo de conciencia,
suprimiría el día y el hombre endomingado.
Pero es fatal, como esa ridícula frecuencia
con que se da un tropiezo en un patio alfombrado.
También suprimiría la calle, en la que exponen
los árboles urbanos su edilicio follaje.
¿Qué será de la calle cuando ellos la abandonen
para formar, más lejos, otro nuevo paisaje?
Guiñándome su ojo de vidrio en la capota
pasa un coche vacío, reumático, terroso,
la luna, sobre el cable de una esquina remota,
ha colgado su antiguo letrero luminoso.
Y el domingo es como una lata de caramelos
que en el atardecer ha sido terminada.
La calle se proyecta, entre los rascacielos,
como una galería de ciudad sepultada.
Entonces interpreto, bajo la trapisonda
de las calles lascivas y la innumera gente,
los ojos enlutados de la mujer que ronda
y atisba, tras los vidrios del cafetín, un cliente.
El domingo, en estado comatoso y de fiebre
me ve, sin domicilio, caminar con desgaire;
he sido mi arquitecto, mi albañil y mi orfebre
mas la ciudad no admite castillos en el aire.
Pero qué importa, en medio de gritos y de fugas,
ya la edificación, sin ruido, se desploma,
y en un encogimiento de pliegues y de arrugas
la ciudad se desinfla como un globo de goma.
Ajedrez Jorge Luis Borges (dos sonetos)
Ajedrez
Jorge Luis Borges
(dos sonetos)
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
---
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?
Jorge Luis Borges
(dos sonetos)
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
---
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?
Miguel Angel Asturias Leyendas de Guatemala
Miguel Angel Asturias
Leyendas de Guatemala
Cuculcán Serpiente-envuelta-en-plumas
Cortina amarilla, color de la mañana, magia
del color amarillo de la mañana. Cuculcán amarillo, cara y manos amarillas,
cabellos amarillos, zancos amarillos, calzas amarillas, traje amarillo, máscara
amarilla, plumas amarillas, brazaletes amarillos, frente a la cortina amarilla,
color de la mañana. Guacamayo, del tamaño de un hombre, parado en el suelo,
plumaje de todos colores.
CUCULCÁN. (Muy alto en los zancos.) ¡Soy como
el Sol!
GUACAMAYO. ¿Cuác?
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol!
GUACAMAYO. ¿Cuác?... ¿Cuác?
CUCULCÁN. ¡Soy COMO el Sol!
GUACAMAYO. ¿Acucuác, cuác?
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol!
GUACAMAYO. ¿Cuác, cuác, acucuác cuác?
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol!
GUACAMAYO. ¡Eres el Sol, acucuác, tu palacio
de forma circular, como el palacio del Sol, tiene cielos, tierras, estancias,
mares, lagos, jardines para la mañana, para la tarde, para la noche (lento,
solemne) para la mañana, para la tarde, para la noche...
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol!
GUACAMAYO. ¡Acucuác, eres el Sol, en tu
palacio de los tres colores: el amarillo de la mañana, el rojo de la tarde, el
negro de la noche!
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol!
GUACAMAYO. ¡Eres el Sol, acucuác, eres el Sol!
El que sin poder volver atrás pasa de la mañana a la tarde, de la tarde a la
noche, de la noche a la mañana...
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol!
GUACAMAYO. ..de la mañana a la tarde, de la
tarde a la noche, de la noche a la mañana; de la mañana a la tarde, de la tarde
a la noche, de la noche a la mañana (cada vez más ligero y enredado,
dando vueltas, en contraste su cuerpo pesado y su alegría infantil); de la
mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la noche a la mañana; de la
mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la noche a la mañana...
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol! Salgo con el día
vestido de amarillo, mientras el alba es sólo sed de beber agua, y, sin
detenerme a contar los piojos dorados que aún pasean por mi pelo de fuego
húmedo, acaricio las uñas de caña nueva de los loros, el plumaje blanco de las
garzas y los picos con resplandor de la luna de los guacamayos...
GUACAMAYO. (Se ha quedado repitiendo
en voz baja, como jerigonza, «de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche,
de la noche a la mañana»; pero al oír «guacamayos», reacciona violento.) ¡Cuác,
cuác, cuác, cuác!
CUCULCÁN. ...también acaricio, en mi jardín de
volcanes, el pecho de corneta de las chorchas que por donde vuelan riegan
polvito de oro, polen que hace estornudar esmeraldas al narizón que se alimenta
de nances.
GUACAMAYO. (Engallado y frotándose el
gran pico con un ala.) ¡Cuác, cuác, cuác, cuác, cuác, cuác, cuác!
CUCULCÁN. Sin salir del amarillo de la mañana,
la tierra todavía en cogollo, el agua todavía en burbuja, baño mi imagen en los
lagos que palpitan como grandes sapos verdes de azulosos pliegues sobre las
jaspeadas piedras de la orilla, y en medio de su gran respiración de piedra y
agua, mis rayos se convierten en brillantes avispas y vuelo a los panales, para
luego seguir adelante, vestido del amarillo de mi imagen que sale del agua sin
mojarse y de los panales sin quemarse, a que la mordisqueen, hambre y caricia,
de los dientes de maíz de las mazorcas, los dientes de maíz de las taltuzas.
GUACAMAYO. (Impaciente sacude las alas
con gran ruido, se arrastra de un lado a otro, se lleva lar alas para cubrirse
los oídos de plumas, como dando a entender que está cansado de oír la misma
cosa.) ¡Cuác, cuác, cuác...!
CUCULCÁN. Mazorcas y taltuzas me hacen
cosquillas al quererse comer mi imagen para alimentar su resplandor. Viven de
mi presencia como todos los seres y las cosas. Ellos tienen la sangre adentro,
yo la tengo afuera. Mi brillo es mi sangre y mi imagen la luciérnaga.
GUACAMAYO. ...de la mañana a la tarde, de la
tarde a la noche, de la noche a la mañana, de la mañana a la tarde...
CUCULCÁN. De los jardines regreso a mis
habitaciones por el lado de las fieras que untan sus ojos en el amarillo de la
mañana para ver la oscuridad, o por el lado de los artistas que componen en voz
baja, cantos de amor o de combate, tejen la pluma, tejen el hilo, cuentan las
nubes, echan suertes con frijolillos rojos de palo de pito, o viven simplemente
en el ocio como mujeres: pintores, joyeros, orfebres, músicos, adivinadores...
GUACAMAYO. (Con la pata derecha hace
el ademán del que arroja frijolillos rojos en el suelo, al tiempo de decir):
¡Ts’ité! ¡Ts’ité!... (Salta como sorprendido del augurio que deduce de
la posición de los frijolillos que efectivamente ha regado en tierra.) ¡Ts’ité!
¡Ts’ité!... (Mueve la cabeza contrariado y sigue jugando con montoncitos de
frijolillos rojos y remedando a los adivinos en sus plantas y aspavientos.)
CUCULCÁN. En mis habitaciones de la mañana,
bajo dosel de pájaros que vuelan y en sitial ordeñado del más puro oro de la
tierra, me anudan en los negocios públicos, los encargados del Tesoro, de las
Huertas, de los Graneros, al informarme de lo que pasa en mi señorío : de que
si las nubes han hecho sus camas, de si los nidos viejos han sido cambiados, de
si lo maduro no se ha podrido...
GUACAMAYO. (Aletea furioso.) De,
de, de, de, de...
CUCULCÁN. Disfrazado de jaguar paso el resto
de la mañana en el juego de pelota o adiestrándome con habilísimos guerreros en
el disparo de las flechas, en el tiro de la honda. Pero llega el mediodía, esa
hora en que los ojos de los hombres con sudor, y pasado el momento en que se
encuentran el ojo del colibrí blanco y el cientopié de oro, empiezo a
desprenderme de mis vestidos amarillos para vestir de rojo, me ensortijan las
manos de rubíes y en jácara de tiste espumoso tiño de sangre mis labios con
aliento de flor carnívora. El arrullo de las torcaces que acurrucan agua
dormida bajo los pinos, me hace soñar con los ojos abiertos, tendidos en hamaca
de celajes, friolento, abetunados mis cabellos con pulpa de pitahaya, mis uñas
alargadas en cráteres de fuego.
GUACAMAYO. ¡Cien mil guerreros caen tarde a
tarde en tu emboscada, Cuculcán! ¡Cien mil guerreros dan su sangre para el
crepúsculo bajo la estrella de la tarde!
CUCULCÁN. ¡Soy corno el Sol! ¡Soy como el Sol!
¡Soy como el Sol! (Chinchibirín entra de un salto, sin acercarse al
radio mágico de la cortina amarilla ni a la jerigonza de colores del Guacamayo.
No pesa. Es una llama, que el aire lleva, Viste todo de amarillo como Cuculcán,
No lleva máscara.)
CHINCHIBIRÍN. (Profundamente inclinado
ante Cuculcán.) ¡Señor, mi Señor, gran Señor!
CUCULCÁN. ¿Qué pasa, Chinchibirín?
CHINCHIBIRÍN. (Siempre inclinado.) Señor,
mi Señor, gran Señor, el guardador de las selvas quiere hablaros. Estuvo entre
los conejos y las frutas del papayo y vio que se cambiaban, que las frutas
echábanse a correr como conejos, y se prendían a mamar en los papayos, como
frutas, los conejos. Cuenta y no acaba de cosas nunca vistas. Ya hay semilla de
colibrí y empezó a sembrar anoche. (Cuculcán sale por la derecha, sin
bajarse de los zancos.) ¡Señor, mi Señor, gran Señor! (Al
salir Cuculcán, Chinchibirín alza la cabeza, se acerca al radio mágico de la
cortina amarilla para defenderse del Guacamayo que se ha quedado inmóvil largo
tiempo, coma dormido.) ¡Cuculcán es como el Sol, es como el Sol, es corno
el Sol!
GUACAMAYO. (Sacude las alas
fuertemente, con gran escándalo.) ¿Cuác acucuác cuác? ¿Cuác cuác
acucuác?
CHINCHIBIRÍN. ¡Es como el Sol!
GUACAMAYO. Y de qué le sirve ser como el Sol,
acucuác, si en su palacio la existencia es engaño de los sentidos, como en el
palacio del Sol; espejismo en el que todo es pasajero y nada cierto. Nosotros,
Chinchibirín, las fieras, los artistas, los brujos, los sacerdotes, los
guerreros, las mujeres, las nubes, las flores, las hojas, las aguas, las
lagartijas, los pijuyes...
PIJUYES. (Voces.) —
¡Pi-juy!... ¡Pi- juy!... ¡Pi-juy!... ¡Pijuy!
GUACAMAYO.. Los cliquirines...
CHIQUIRINES. (Voces.) ¡Chiquitín!...
¡Chiquitín!... ¡Chiquirín! ... ¡Chiquirín!...
GUACAMAYO. Las tortolitas...
TORTOLITAS. (Voces.) ¡Cú-cú!...
¡Cú-cú!... ¡Cú-cú!... ¡Cú-cú!... ¡Cú-cú!
GUACAMAYO. Los coches de monte...
COCHES DE MONTE. (Voces.) ¡Jos-jos-jos...
sss... cico! ... ¡Jos-jos-jos... sss... cico!
GUACAMAYO. Los gallos...
GALLOS. (Voces.) ¡Kí-kí-ri-kí!
... ¡Kí-ki-rí-kí! ... Kí-kí-ri-kí!...
GUACAMAYO. Los Coyotes...
COYOTES. (Voces.) ¡Aú...
úúy... úúy! ... ¡Aú... úúy.. . úúy!... ¡Au... úúú...!
(Ladridos de perros, cacareo de gallinas,
truenos de tempestad, silbidos de serpientes, trinos de turpiales,
guardabarrancas, cenzontles, se escuchan al irlos nombrando Guacamayo, así como
lloro de niños, risas de mujeres y para cerrar revuelo y palabrerío de multitud
que pasa.)
GUACAMAYO. ... ¡Nada existe, Chinchibirín,
todo es sueño en el espejismo inmóvil, sólo la luz que cambia al paso de
Cuculcán que va de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la noche a
la mañana, hace que nos sintamos vivos. (Corta bruscamente y al tiempo de
llevarse una pata al pico.) ¡La vida es un engaño demasiado serio para que tú
lo entiendas, Chinchibirín!
CHINCHIBIRÍN. (Acercándose al
Guacamayo.) Cuéntame de la noche...
GUACAMAYO. ¿Cuác cuác... acucuác cuác?...
CHINCHIBIRÍN. ¡Sí, cuéntame de la noche!...
¡Acucuác no es malo con Chinchibirín!...
GUACAMAYO. La noche se hizo para la mujer. Al
salir la estrella de la tarde que es bella como un nance, la estrella que hace
agua la boca de los cielos, cesa el trato de Cuculcán con los hombres y se
interna en las tierras bajas, calientes, las tierras propicias para el amor. La
noche se hizo para la mujer. La mujer es la locura, Chinchibirín. Es el piquete
de la tarántula, Chinchibirín.
CHINCHIBIRÍN. ¡Cuenta! ¡Cuenta!
GUACAMAYO. Servidoras fatigantes se llevan a
Cuculcán, le perfuman las manos con los senos, los senos de las mujeres son
como los nidos de los pájaros, Chinchibirín, al par que le cambian las rojas
vestiduras de la tarde, sangre de guerreros, por un inmenso manto negro, y las
sortijas y los brazaletes de rubíes, por sortijas y brazaletes de obsidiana.
CHINCHIBIRÍN. Cuenta, cuenta, acucuác,
cuenta...
GUACAMAYO. Viejas de cera prieta le ofrecen,
en tablas negras ribeteadas de plata lunar, atoles, dulces, tabaco y vino
caliente de jocote. Como plantas acuáticas, mitad pescado, mitad estrella,
surgen entonces las mujeres que han de prepararlo para la boda con tacto de
tela araña. Le untan en todo el cuerpo tacto de tela de araña. (Calla y
se lleva la pata al pico.) ¡Chinches, si me duele la muela. (Hace
como que patalea del dolor.) ¡No es sólo la muela, todos los dientes!
CHINCHIBIRÍN. Y las mujeres qué son,
acucuác...
GUACAMAYO. Las mujeres son vegetales,
Chinchibirín...
CHINCHIBIRÍN. Y me decías que untaban a
Cuculcán, Señor, mi Señor, gran Señor, de tacto de telaraña para la boda...
GUACAMAYO. Sí, así es, y listo para la boda lo
encaminan a sus habitaciones donde encuentra a la doncella que ha de ser su
esposa hasta la aurora...
CHINCHIBIRÍN. ¿Por qué hasta la aurora?
GUACAMAYO. Noche a noche, salen dos manos de
un lago profundo, la arrancan del lecho del poderoso Cuculcán y la arrojan a
las profundidades en que acaba el espejo de la vida, para que no tenga
descendencia.
CHINCHIBIRÍN. ¡Calla, eres el engañador!
Cortina roja, color de la tarde, magia del
color rojo de la tarde. Cuculcán rojo (sin zancos): calzas rojas, traje rojo de
guerrero, máscara roja de guerrero con bigotes rojos, plumajes rojos de
guerrero, frente a la cortina roja, una rodilla en tierra y el arco presto a
disparar la primera flecha. A su lado, un poco atrás, Chinchibirín también de
rojo, sin máscara, flecha en el arco, rodilla en tierra. Ambos empiezan a
disparar sus flechas contra la cortina roja y cada vez que una de las flechas
toca la cortina roja, se oye una lamentación humana. Ritmo de danza guerrera.
Cuculcán y Chinchibirín bailan disparando sus flechas. La cortina se lamenta
como herida de muerte cada vez que la toca una flecha. El tún acompaña el
combate, madera de tronco hueco que a cada golpe se oye más cerca, cáscara y
metal, cadencia que va cobrando brillo a medida que la lucha arrecia entre los
guerreros y la cortina de la tarde que se desgarra en gritos humanos. Los
tambores han empezado a sonar sordamente. Cae la cortina roja. Cuculcán
desaparece. Chinchibirín con la última flecha en el arco, se inclina.
CHINCHIBIRÍN. ¡Señor, mi Señor, gran
Señor! (Al levantar la cabeza, luce en su frente, como un nance, la
estrella de la tarde.)
GUACAMAYO. (Sin asomar.) ¿Cuác,
cuác, cuác, cuác!
CHINCHIBIRÍN. (Vuelve la cabeza hacia
el sitio en que se oye al Guacamayo y apunta la flecha) ¡Te viera yo
en el camino del desvanecimiento, pájaro de mal agüero!
GUACAMAYO. (Sale arrastrando las alas,
como borracho.) ¡Tomé chicha para aliviarme el dolor de dientes y estoy
atarantado!
CHINCHIBIRÍN. (Plantándosele en
frente, ya para dispararle la flecha.) ¿Qué me quieres hacer creer?
GUACAMAYO. (Temeroso, casi
retrocediendo.) Acucuác, no te quiero hacer creer nada. Cuando está
borracho ve las cosas como son, el Guacamayo, y si lo escuchas sus palabras
serán como piedras preciosas y las guardarás en tus oídos como en bolsas sin
fondo.
CHINCHIBIRÍN. No sé, pero tu voz me llena el
alma de cosquillas. Cuéntame de la noche...
GUACAMAYO. No, te voy a hablar del día.
CHINCHIBIRÍN. No olvides que la última flecha
es para ti.
GUACAMAYO. El día es el camino del Sol, pero
el Poderoso del Cielo y de la Tierra, se mueve no como lo ven los ojos,
acucuác. Dibuja con la flecha aquí en la arena cómo se mueve el Sol.
CHINCHIBIRÍN. ¡Estás borracho!
GUACAMAYO. Estoy borracho, pero eso no quiere
decir que no pueda explicarte exactamente el movimiento del Sol. No dibujes con
tu flecha, basta el arco.
CHINCHIBIRÍN. Me quieres desarmar...
GUACAMAYO. Conserva el arco en tus manos, pero
exhíbelo en alto para que veas en su línea cómo se mueve el Sol.
CHINCHIBIRÍN. En arco. Sale por este lado,
sube al ojo del colibrí blanco y desciende por este otro lado del arco, hasta
ocultarse aquí.
GUACAMAYO. . Es lo que se ve, acucuác, pero el
movimiento del Poderoso del Cielo y de la Tierra es otro. Sale por este lado
del arco, viaja durante la mañana de subida hasta el ojo del colibrí blanco, el
diente de maíz que está en el centro del cielo, y de ahí regresa, no sigue
adelante, desanda el camino de la tarde para ocultarse por donde aparece. No
describe el arco entero.
CHINCHIBIRÍN. Perder el juicio con la chicha,
es peor que el dolor de dientes. Sólo un ebrio puede hablar así. ¿Quién repite
y repite que el Sol pasa de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la
noche a la mañana, de la mañana a la tarde...? ¿Quién pregona que en el
espejismo inmóvil de la existencia, nada es cierto y que es la luz que cambia
al paso de Cuculcán lo que nos da la impresión de estar vivos? Pijuyes, gallos,
tórtolas, chiquirines, son testigos.
GUACAMAYO. Todo lo que somos es memoria cuando
creemos ser nosotros mismos. La memoria de mis palabras, sin el esclarecimiento
que ahora quiero darte, es lo que defiendes por amor propio, como si esas
palabras se hubieran incrustado en tus preciosidades.
CHINCHIBIRÍN. ¿Y he de olvidarlas, ahora que
sales con que el Sol sólo llega a la mitad de su recorrido en el palacio de los
tres colores? Creo que no, acucuác...
GUACAMAYO. Te debiera esclarecer todas las
cosas, pero tendrías que agarrar tu memoria y retorcerle el pescuezo como a una
gallina.
CHINCHIBIRÍN. A la gallina de colores le voy a
cortar el pescuezo, ahora que está borracha, como se hace con los chumpipes.
GUACAMAYO. La vida es un engaño demasiado
serio para que tú siendo tan joven lo entiendas, acucuác...
CHINCHIBIRÍN. Ya esta flecha demasiado aguda
para que te calles...
RALABAL. (Invisible.)
Quien conoce los vientos como yo, yo Ralabal, yo, yoo, yodo... el que peina los
torrentes que se pandean como troncos de ceibas de cristal que tienen la raíz
donde los árboles llevan el follaje, porque nacen en lo alto, y las ramas
donde los árboles tienen la raíz, porque florecen abajo, al abrir sus copas de cristal en espumosas hojas e irisadas flores ; yo, Ralabal, yo, yooo, yoooo... he puesto vigilantes en la punta de tu flecha para desviarla del corazón de preciosas piedras del Guacamayo.
donde los árboles tienen la raíz, porque florecen abajo, al abrir sus copas de cristal en espumosas hojas e irisadas flores ; yo, Ralabal, yo, yooo, yoooo... he puesto vigilantes en la punta de tu flecha para desviarla del corazón de preciosas piedras del Guacamayo.
CHINCHIBIRÍN. ¡Bien se confirma lo que dicen!
Dicen que hay quien cuida a los borrachos para que no caigan en los barrancos,
para que no maten a sus hijos pequeños al echarse sobre ellos y dormirse, y
para que no se les castigue por sus impertinencias cuando están ya tan
atarantados que no hablan sino escupen.
RALABAL. (Invisible.) Yo, Ralabal,
yo, yoo, yooo... manejo los vientos y emborracho con el licor verde del corazón
del invierno que es un enorme tronco podrido, en el que viven hormigas,
casampulgas, lombrices, lagartijita acezantes, gusanos de oscuridad dura y
oscuridad blanda... Pero antes que el cielo se vuelva sólo pulgas de tiniebla
benigna debo volver a mi guardianía y además he oído que se acercan pastores...
yo, Ralabal, yo... yoo... yooo...
CHINCHIBIRÍN. Espera, Ralabal, concedo« de los
vientos, subiremos a los árboles para seguir conversando y tú serás el juez en
mi disputa con el Guacamayo. Has oído lo que discutíamos.
GUACAMAYO. No subiré a ninguna parte, porque
estoy borracho y me duelen los dientes.
RALABAL (Invisible.) Pero,
sin más hablar, trepe cada quien al árbol que le parezca, porque los pastores
ya se acercan y se asustarían de encontrar a su paso un pájaro tan grande de
todos colores y un guerrero rojo con una sola flecha.
CHINCHIBIRÍN. ¡Vamos, subamos a los árboles!
Las hojas se sacuden bajo el aliento de Ralabal. Ya no se sabe lo que habla.
Sólo se oye el viento. (Empuja al Guacamayo.) ¡Anda, yo te voy
a ayudar... sube primero... ten cuidado... no te vayas a quebrar un hueso y
haya que ponerte otro de maíz! (El Guacamayo se queja, hipa, trata de
subir.) ¡Upa!
GUACAMAYO. ¡Hipa!
CHINCHIBIRÍN. ¡Upa!
GUACAMAYO. ¡Hipa!
CHINCHIBIRÍN. ¡Upa!
GUACAMAYO. ¡Hipa!
HUVARAVIX. (Invisible.) ¡No
puede ser! ¡No puede ser! Así dice el corazón de los pastores y pelea con la
neblina baja, indolente, más mojada que la misma lluvia.
RALABAL. (Invisible.) ¡Calla,
Huvaravix, maestro de los cantos de vigilia! No es el corazón de los pastores
el que dice así. Es el lanazo de las jergas de que van vestidos el que subleva
los pelos contra la niebla color de leche vegetal que los empapa como esponja.
CHINCHIBIRÍN. ¡Upa!
GUACAMAYO. ¡Hipa!
HUVARAVIX. (Invisible.) ¿Qué
sabes tú, Ralabal, que andas como bebido de chicha? Te somatas por todas
partes, derramas las aguas, dejas mancos los árboles, botas las casas de los
hombres...
RALABAL. (Invisible.) ¡Yo, Ralabal, yo, yoo,
yooo... viento... salvaje... libre! Pero dejemos nuestras encías con dientes de
mordida, sin su gusto que sería morder, y haz regresar a los pastores que se
acercan, porque aquí andan arreglando cuentas Chinchibirín y Gran Saliva de
Espejo.
CHINCHIBIRÍN. ¡Upa!
GUACAMAYO. Hipa! (No llegan a subir a
los árboles.)
HUVARAVIX. (Invisible.) Yo,
Huvaravix, Maestro de los Cantos de Vigilia, haré regresar a los pastores que
llevan los sombreros hasta las orejas, sombreros de madera en los que han
ordeñado la leche de sus cabras, olorosos por dentro a leche y pelo; que calzan
lodos viejísimos en las uñas que son como cucharas de comer tierra; y de
calzones remendados con verdaderos trozos de paisaje, tan variado en su color y
su forma. Este parece que lleva una nube en las nalgas; aquél, una mariposa en
la pierna; es otro una flor extraña en la espalda. La Abuela de los Remiendos
pinta paisajes en la Ropa...
CHINCHIBIRÍN. ¡Maestro de los Cantos de
Vigilia haz regresar a tus pastores, porque mi flecha está que la punta se le
quema por saborear la sangre de todos los colores del corazón de este farsante!
GUACAMAYO. Hazlo regresar, pero consúltale,
por qué los pastores tienen buenos remedios contra el dolor de dientes, bien
que mis dientes ya no sean dientes, sino los maíces que aquellos malditos hijos
brujos me pusieron en lugar de mis preciosos huesos bucales.
RALABAL. (Invisible.) Ya se
detienen, se vuelven, no les convino este sendero, gracias a ti, Huvaravix, y
ahora echemos tierra a nuestros pies siquiera un momento, para seguir la
disputa de Gran Saliva y Chinchibirín.
HUVARAVIX. (Invisible.) Yo le
daría a Gran Saliva de Espejo, el remedio que usan los pastores para el dolor
de muelas, cuando en el destemplado amanecer sienten que les pica y arde en la
boca el maíz podrido, y no pueden escupirlo. Yo, Maestro de los Cantos de
Vigilia, sé que es un dolor desconsolado.
RALABAL. (Invisible.) Yo,
Ralabal, yo, yoo, yooo... traigo el remedio y me haré visible para dárselo a
Saliva de Espejo... Es un dolor desconsolado... (Ya visible.) Toma
de este guacal de festines lo que necesites para que alivies tu dolor. Has
mascado tanta mentira...
GUACAMAYO. ¡Cuác, cuác, cuác! ... ¡Cuác, cuác,
cuác! ... (Después de meter el pico en el guacal de festines y
apurar el remedio a grandes tragos.) ¿Dónde estamos?... Se me ha
quitado el dolor, eres un encanto, Ralabal... Cuando uno se alivia de un dolor
tan fuerte como el que yo tenía, se me alivió como quitado con la mano, se
siente en otro mundo y por eso he preguntado ¿dónde estamos? ¿en qué país
estoy? Me detestaba con el dolor y ahora, sin el dolor, vuelvo a quererme.
HUVARAVIX. (Invisible.) Ralabal
te ha servido el remedio que cura el dolor y pone el corazón de fiesta. Sólo
cuando uno está contento cae bien la flecha de la muerte. El que muere alegre,
no muere. Yo, si tuviera que morir, le pediría a Ralabal de su guacal de
festines.
CHINCHIBIRÍN. Pero vamos, acucuác, quiero
ganarte la partida ahora que estás en el guacal de los festines...
GUACAMAYO. (Carcajada tras carcajada.) Cuác,
cuíc, cuác, cuíc, cuíc, cuác, cuác, acuacuíc, acucuác, cuicuacuác!
CHINCHIBIRÍN. Sí te gano la partida, mi flecha
te dará muerte y antes de que te enfríes por completo, te tomaré como un
penacho de plumas de colores para sacudir el polvo de tus palabras engañadoras
de los ríos y los lagos que ya no se ven datos como antes.
HUVARAVIX. (Invisible.) Soy
todo oídos. Cada una de las hojas de estos árboles es una oreja mía. No perderé
una sola palabra.
RALABAL. Ya sabíamos que el Maestra de los
Cantos de Vigilia tiene las orejas verdes. Es el pastor de las orejas verdes.
CHINCHIBIRÍN. Dices, acucuác, que el Sol llega
hasta el ojo del colibrí blanco y de allí regresa a su punto de partida. Si eso
fuera cierto, cómo explicas que mis ojos lo ven caer, no en el lugar donde
salió, sino en el sitio más opuesto.
GUACAMAYO. Lo digo y lo sostengo. El Sol sólo
llega al ojo del colibrí blanco y de allí regresa. El otro medio arco, el de la
tarde, es sólo una ficción en su carrera luminosa (afirmativo, y ronco), es
sólo una ficción, acucuác...
HUVARAVIX. (Invisible.) Voy a
buscar a la Abuela de los Remiendos, ella traerá hilo y aguja para coser en mis
oídos lo que oigo.
RALABAL. Callemos nosotros, ellos que
hablen...
CHINCHIBIRÍN, (Con voz tajante.) ¡Lo
que se ve se ve y no es una ficción! Yo veo ocultarse el Sol, después de trazar
el arco en el Palacio de los Tres Colores, no por donde aparece, y lo que se ve
se ve...
GUACAMAYO. ¡Juguemos con las palabras!
CHINCHIBIRÍN. ¡No!
GUACAMAYO. ¿Acuite? Ralabal debía darte del
guacal de los festines. El ojo del colibrí blanco es el diente de maíz del Sol.
CHINCHIBIRÍN. Y vas a decir que le duele...
que por eso se regresa... que porque le duele un diente no sigue sobre el arco
en el camino de la tarde, sino vuelve por el camino de la mañana, baja por
donde ha subido.
GUACAMAYO. La tarde es una ficción...
CHINCHIBIRÍN. Ya te veo acorralado. Si el Sol
vuelve a su punto de partida, acucuác, quién es el que celebra sus bodas en la
noche. La noche se hizo para la mujer. Los senos de las mujeres son como los
nidos de los pájaros. A quién le cambian las vestiduras de la tarde por traje y
tónica de tiniebla y las sortijas de rubíes por sortijas de piedra de
tinieblas. Son tus palabras. Te he dado el juego de palabras para vencerte con
tus armas. Y la doncella que es su esposa hasta la aurora...
GUACAMAYO. Se han ido nuestros padrinos.
Huvaravix no se oye que esté.
RALABAL. Yo no me he ido, pero no estoy
aquí...
GUACAMAYO. Oye, Chinchibirín, la explicación,
y guárdala como si la Abuela de los Remiendos hubiera traído la espina y su
saliva en forma de hilo de cabello, para pegar estos remiendos a tus creencias.
CHINCHIBIRÍN. ¡Oigo, quiero oírte, eres el
Gran Saliva de Espejo Engañador!
GUACAMAYO. (Solemne.) Sale el
Sol, llega al ojo del colibrí blanco en la mitad del cielo y de allí regresa,
reflejándose en la otra mitad del cielo que es un gran espejo, y por eso me
llaman a mí Gran Saliva de Espejo Engañador. Somos los Salivas los que creamos
el mundo y si la noche se hizo para la mujer, es sólo una ficción. El Sol no
llega a la noche, en persona. Llega su imagen en el espejo. La mujer no recibe
más que la ficción de las cosas, Cuculcán no yace con la doncella escogida para
su esposa; es su imagen reflejada en el espejo lo que la esposa ama.
CHINCHIBIRÍN. ¡Siempre has de jugar con las
palabras! La piedra de mi honda servirá para hacer pedazos ese espejo y que sea
Cuculcán, el señor, el Gran Señor, mi Gran Señor, quien ame a la que, por fin,
no sea sólo esposa suya hasta la aurora.
GUACAMAYO. (Sorprendido.) ¡Chinchibirín,
acuác, Chinchibirín, mátame, pero no uses las hondas, en tu arco está la
flecha!
CHINCHIBIRÍN. (Apuntando.) ¡La
flecha roja!
GUACAMAYO. ¡No, la flecha que recogiste en el
Lugar de la Abundancia!
CHINCHIBIRÍN. (Sorprendido en su
secreta.) ¿La flecha amarilla?
GUACAMAYO. ¡Cuác, cuando la recogiste no era
flecha!
CHINCHIBIRÍN. Era Flor Amarilla... Yaí...
GUACAMAYO. ¡Flor Amarilla está ofrecida a
Cuculcán! ¡Será su esposa hasta la aurora!
CHINCHIBIRÍN. (Aprieta los dientes,
retrocede paso a paso, con una mano en la cara y la otra suelta a su propio
peso y colgando de ella, de ella, de sus dedos, como algo inútil, el arco y la
flecha roja.) ¡YAÍ, flecha amarilla... fle... cha... mi... flecha
mía... YAÍ... YAÍ!...
GUACAMAYO. ¡Tú, el arquero! ¡Tú, el arquero!
¡Yaí, la flecha! ¡Yaí, la flecha! Y yo, el arcoiris... cuác cuác cuác cuác...
¡El destino del Sol está jugado!
Cortina negra, color de la noche, magia del
color negro de la noche. Cuculcán va desvistiéndose. Deja caer la máscara, el
carcaj, las calzas y los atavíos rojos. Parecen a sus pies manchas de sangre,
salpicaduras de crepúsculo. Manos de mujeres que se agitan con movimiento de
llamas, al compás de lejanas melodías de cañas y ocarinas de barro, le visten
de negro en medio de una danza de reverencias ligeras. Otras que entran de
rodillas, se levantan a pintarle la cara con puntos y líneas, la cara, el
pecho, los brazos, las piernas, hasta dejarlo como un bucul tatuado. Y otras de
cabellos sueltos, con estrellas en la noche de sus cabelleras, le atavían con
brazaletes, sartales y aretes de piedra de tiniebla, calzas de piel oscura y
plumajes negros ceñidos a su frente. Cesa la música. Las de los vestidos, las
de los atavíos, las de los tatuajes se retiran danzando y pasándose unas a
otras las ropas rojas y los rojos objetos que Cuculcán dejó a sus pies. Al
desaparecer aquéllas, Cuculcán se tiende junto a la cortina de la noche sobre
un lecho de penumbras apaciguadas.
CUCULCÁN. (Con la voz nasal y entre
dientes habla dormido.) La sombra, hierba de la noche, fresco vegetal
sin espinas. Juegan las tortugas de obsidiana en forma de corazón. Han jugado
tanto que algunas ya no saben cómo se juega ni a qué juegan...
TORTUGA BARBADA. ¿Cómo se juega, hermanas?
TORTUGAS. ¿Cómo, cómo se juega, si estamos
jugando? Esa pregunta es de Bárbara Barbada y por eso no juega. Pero nosotras,
hermanas, estamos jugando, chapoteamos el agua, chocamos nuestras conchas...
TORTUGA CON FLECOS. Hermana, ¿has olvidado la
mecánica de nuestros juegos?...
TORTUGAS. ¡A... já, Bárbara Barbada!
TORTUGA CON FLECOS. ..Y por eso preguntas cómo
se juega. .
TORTUGA BARBADA. ¿Y a qué estamos jugando?...
¿Cuál es el sentido de nuestros juegos nocturnos? ¡No sé cómo podéis vivir sin
más actividad que jugar de noche y dormir de día!
TORTUGA CON FLECOS. LO sabes, pero lo has
olvidado...
TORTUGAS. ¡A... já, já, Bárbara Barbada!
TORTUGA BARBADA. ¡En la otra orilla no hay
olas!
TORTUGA CON FLECOS, ¡A... já, já, Bárbara
Barbada!
TORTUGAS. ¡A... já, já!...
TORTUGA CON FLECOS. Jugar es la única
actividad noble de una tortuga. Pesa sobre nosotras...
TORTUGAS. ¡A... já, já! ...
TORTUGA CON FLECOS. Escuchen, no, escuchen...
La rebelión de la tortuga es gastar energías en algo más alegre que cargar la
concha, lo de todos los días, lo de todas las horas, la concha, encima de una,
cargándola una...
TORTUGA BARBADA. Lo has dicho, hermana con
flecos, Tortuga con Flecos y burbujas de agua sonora en los flecos. ¡Juguemos!
TORTUGAS. ¡A... já, Bárbara Barbada, ahora
dices juguemos, pero cuando entraste preguntabas, impertinentemente, cómo se
juega! ..
Vuelve la música de cañas y ocarinas cortada
por gritos de fiesta. Grupos de ancianas vestidas de. negro, descalzas, con los
cabellos plateados pespuntan pasitos para acercarse a Cuculcán y ofrecerle en
tablas de madera negra: atoles endulzados con miel, atoles ácidos, tamales
negros humeantes, carnes sazonadas con sal gruesa y chile y vino de jocote.
Otras más ancianas traen braseros de barro vidriado con pequeños fuegos
palpitantes para quemar las ofrendas de póm. Una de ellas le acerca a los
labios una caña con tabaco. Estas nanas se pierden en el agua sin fondo de las
edades. Nubes blancas del póm y nubes del humo del tabaco que fuma el poderoso
Cuculcán. De un lado y otro aparecen, la música toma empuje, jóvenes indias de
cinco en cinco llevando como barandales movibles sobre sus pies, en la danza de
las cercas, escaleritas de caña simulando cercas adornadas con hojas de
siempreviva, flores amarillas, y cuerpos de muertos pajaritos de color rojo.
Avanzan y retroceden, siguiendo el compás melodioso de la música que picotea a
sus pies, al ir acercándose al lecho de Cuculcán. De pronto, lo dejan rodeado
de sus cercos floridos y echan a correr en desbandada.
Oscuridad completa. La música de flautas y
ocarinas baja de tono, desaparece. Se oye en el vacío que va dejando la música,
el estruendo de las conchas de las tortugas al chocar unas con otras, y sobre
el estruendo, la voz de Huvaravix.
HUVARAVIX. (Invisible.) Yo,
Huvaravix, Maestro de los Cantos de Vigilia, oigo que en el silencio de la
playa sigue el juego de las tortugas, las conchas contra las conchas, olas de
carey chocando. Tortuga con flecos se retira del grupo de Bárbara Barbada para
dar ligero alcance a otras bañistas. Tortuga con flecos de rayo. De su
caparazón de oro dormido y despierto, sin embargo, porque el oro es sonámbulo,
saltan chispas que mar adentro se convierten en peces luminosos. El agua saca
sus labios en el oleaje para lamer la tierra. Y Tortuga con flecos, dorada,
sacerdotal, ve jugar desde su concha a las pequeñas tortugas, a las grandes
tortugas, a las tortugas gigantes que en filas inacabables chocan, chocan,
chocan. El ambiente es como un pecho que respira.
TORTUGAS. ¡A... já, Bárbara Barbada! ¡Tortuga
gemidora de la medianoche!
TORTUGA BARBADA. ¡Dejadme pasar, quiero ver a
la doncella, vosotras sois ciegas para el amor porque sois viejas! ¡Su cara es
un esplendor, así debe ser el día!
TORTUGA CON FLECOS. ¡Sólo yo sé cómo es el
día! (En la oscuridad, Tortuga con flecos se ve iluminada como un
pequeño volcancito de arenas de oro.) El día se hizo para el hombre.
TORTUGA BARBADA. ¿Qué es eso que has
mencionado?
TORTUGA CON FLECOS. Es... el hombre es... Es
una mujer, sólo que en hombre...
TORTUGA BARBADA. Una divinidad, porque si yo
fuera así me sentiría una divinidad.
HUVARAVIX. (Invisible.) Yo,
Maestro de los Cantos de Vigilia, he visto el día y he visto al hombre.
TORTUGAS. ¡A... já, Bárbara Barbada, quieres
saber cómo es el hombre!
TORTUGA CON FLECOS. Pero si ya lo he
explicado. El hombre es la mujer con todas las actividades del día.. No hay
otra diferencia
TORTUGAS. Repetiremos lo que dicen las olas:
¡Alguna debe haber!
TORTUGAS CON FLECOS. Huvaravix, Maestro de los
Cantos de Vigilia, permite que mis hermanas de concha repitan lo que dicen las
corazonadas del mar, esas azules corazonadas del mar...
HUVARAVIX. (Invisible.) Bárbara
Barbada no lo ha repetido...
TORTUGA BARBADA. Pero yo también creo que
alguna debe haber. Es una esperanza que haya alguna diferencia entre el hombre
y la mujer.
TORTUGA. ¡Alguna debe haber!
TORTUGA BARBADA. Pero, dejadme, por fin, pasar,
quiero ver a la doncella. Las mujeres son metales que se hallan en estado de
algodón.
HUVARAVIX. (Invisible.) ¡Muy
bello lo que has dicho Bárbara Barbada! (Palabra por palabra.) Las
mujeres son metales que se hallan en estado de algodón.
TORTUGAS. ¡Juguemos! ¡Salgamos de lo que
tenemos que hace; cargar la concha, jugando a la olas!
TORTUGA CON FLECOS. ¡Se me cierran los ojos y
es mejor dormir! Bárbara Barbada quiere ver a la doncella que yace con
Cuculcán. Yo no, mucho trabajo tuve para que se me borrara la dolorosa escena
del amor arrancado como se arranca un árbol.
TORTUGA BARBADA. Una separación imposible. En
las raíces del árbol arrancado a la viva lucha, van pedazos de tierra, terrones
de corazón palpitante de humedad y brisa verde o hierba brisa que llora; y en
el terreno algunas raíces quedan destrozadas.
HUVARAVIX. (Invisible.) La
conversación es muy interesante, pero yo debo empezar mi oficio. Bárbara
Barbada se desliza chorreando agua salobre para ver a los dichosos amantes ya
dormidos
TORTUGAS. Y cuál es tu oficio, Huvaravix...
HUVARAVIX. (Invisible.) Cantar...
TORTUGAS. Y nosotras, el nuestro... El oficio
de las tortugas es jugar... Pero ahora no podremos ir al juego de pelota...
HUVARAVIX. (Invisible.) Me
haré visible para cantar entre vosotras.
La tiniebla suavemente teñida de luz de
luciérnaga, luz anterior a la luz de la luna, por el resplandor de la concha
dorada de Tortuga con Flecos, deja entrever, al fondo, los cuerpos de los
amantes felices, al pie de la cortina negra, sobre un lecho de pieles de
fieras, pumas y jaguares que de vez en vez braman. Bárbara Barbada, tortuga con
bigotes y barba, se desliza hacia el lecho amoroso de Cuculcán. Huvaravix
(visible) entona cantos de vigilia dichosa, entre las tortugas que se golpean
unas con otras, al jugar entre las olas.
HUVARAVIX. ¡El Cerbatanero de la Cerbatana de
Sauco ha salido del Baúl de los Gigantes que en el fondo tiene arena y sobre la
arena, aguarena y el aguarena, agua honda y sobre el agua honda, agua queda, y
sobre el agua queda, agua verde y sobre el agua verde, agua azul y sobre el
agua azul, aguasol y sobre el aguasol, aguacielo!
¡El Cerbatanero de la Cerbatana de Sauco ha
salido del Baúl de los Gigantes con la boca llena de burbujas para dispararlas
en los caminos, ahora que reviven los chupamieles que duran el verano clavados
por el pico a los árboles, e inmóviles! ¡Así pasan el verano los chupamieles,
secos y sin plumas en los árboles secos y sin hojas!
¡El Cerbatanero de la Cerbatana de Sauco ha
salido del Baúl de los Gigantes al reverdecer los árboles y tronar la tempestad
que es cuando despiertan los chupamieles, que es cuando vuelan los chupamieles,
cuando vuelan y vuelan los chupamieles!
¡El Cerbatanero de la Cerbatana de Sauco ha
salido del Baúl de los Gigantes con la boca llena de burbujas para disparar en
los caminos a esos mínimos pajarillos que se alimentan de miel y de rocío,
rojos, verdes, azules, amarillos, morados, negros ; pero no sabe si gozar o
espantarse con la cerbatana, la dicha del rumor que canta en sus oídos!
CHUPAMIELES. (Verdes.) ¡Chupamiel!
¡Chupamiel! ¡Chupamiel! ¡Chupamiel! ¡Chupamiel!
HUVARAVIX. ¡El Cerbatanero y los chupamieles
qué ajenos a Cuculcán que no se palpa por fuera y a la doncella que con el
aliento pegado al de él...
CHUPAMIELES. (Verdes.) ¡Chupamiel!
¡Chupamiel! ¡Chupamiel! ¡Chupamiel!
HUVARAVIX. ...Que con el aliento pegado al de
él...
CHUPAMIELES. (Rojos.) ¡Chupa-chupamiel!
¡Chupa-chupamiel! ¡Chupa-chupamiel!
HUVARAVIX. ...Que con el aliento pegado al de
él, se ha quedado sin sus graciosos movimientos!
TORTUGA BARBADA. ¡Aop! ¡Aop! Pero despertará,
al tronar la tempestad, como los chupamieles...
HUVARAVIX. Algún día, no... Algún día, sí...
CHUPAMIELES. (Rojos.) ¡Chupa-chupamiel!
¡Chupa-chupamiel! ¡Chupa-chupamiel!
CHUPAMIELES. (Amarillos.) ¡Miel
de chupamiel! ¡Miel de chupamiel! ¡Miel de chupamiel! ¡Miel de chupamiel!
CHUPAMIELES. (Morados.) ¡Miel
de chupa-chupamiel! ¡Miel de chupa-chupamiel! ¡Miel de chupa-chupamiel! ¡Miel
de chupa-chupamiel!
CHUPAMIELES. (Negros.) ¡Miel
chupamiel y chupa-chupamiel! ¡Miel chupamiel y chupa-chupamiel! ¡Miel chupamiel
y chupa-chupamiel!
HUVARAVIX. ¡Así pasan la primavera los
chupamieles vivos y con plumas entre los árboles vivos y con flores!
CHUPAMIELES. (Morados.) ¡Miel
de chupa-chupamiel! ¡Miel de chupa-chupamiel! ¡Miel de chupa-chupamiel!
TORTUGA BARBADA. ¡Aop! ¡Aop! ¿Por qué no
despertarla entonces? ¿Por qué dejar que pierda para siempre sus graciosos
movimientos? Si la pones sobre mi concha escaparé con ella al país en que
reviven las doncellas que se duermen como los chupamieles...
CHUPAMIELES. (Negros.) ¡Miel
chupamiel y chupa-chupamiel! ¡Miel chupamiel y chupa-chupamiel!
HUVARAVIX. ¡No despertará más, Bárbara
Barbada!
TORTUGAS BARBADAS. ¡Aop... aop... aop...
aop... aop... aop...!
HUVARAVIX. ¡Y para qué despertarla si se ha
dormido oliendo al que creía para siempre suyo!
TORTUGA BARBADA. ¡Aop... aop... aop... aop...
aop...!
HUVARAVIX. ¡El humito que se levanta de los
terrenos donde hay piedras preciosas veremos alzarse todas las mañanas del
lugar en que ha perdido sus graciosos movimientos!
TORTUGA BARBADA. ¡Aop! ¡Aop! ¿Algún día
despertarán las doncellas que se vuelven chupamieles?
HUVARAVIX. Algún día, sí... Algún día, no...
TORTUGA BARBADA. ¡Aop! ¡Aop! ... En el Árbol
Cuculcán se ha dormido la Doncella Chupamiel, pero algún día tronará en sus
oídos la primera tempestad de invierno...
HUVARAVIX. Algún día, no... Algún día, sí...
TORTUGA BARBADA. ¡Aop!... Aop! ¡Huvaravix,
Maestro de los Cantos de Vigilia, el estiércol de murciélago raspa mis pupilas!
HUVARAVIX. ¡Cuculcán se ha dormido después de
frotar su cuerpo de fuego a la mazorca que trajeron del maizal y nadie viene a
ver la pluma que muestra el sexo tibio entre los pinos del escudo!
TORTUGA BARBADA, ¡Aop! Aop! ¡Aop! ¡Huvaravix,
el estiércol de murciélago raspa mis pupilas!
HUVARAVIX. Cuculcán se ha dormido donde la
vida nace, no se palpa por fuera ni él ni su collar de cabezas de guerreros!
TORTUGA BARBADA. ¡Aop! ¡Aop! ¡Huvaravix, el
estiércol de los murciélagos raspa mis pupilas, hiéreme de sueño Maestro de los
Cantos de Vigilia, que ya siento los ojos en agua, como se nubla el cuerpo del
chupamiel cuando vuela!
HUVARAVIX. ¡Cuculcán no se palpa y mi canto
golpea sus alas en la cara del Señor de la Hora en que todavía es de noche,
porque es el canto de lo mejor de la doncella convertido en mariposa!
TORTUGA BARBADA. ¡Aop! ¡Aop! ¡Huvaravix, el
estiércol de murciélago raspa mis pupilas!
HUVARAVIX. ¡Cuculcán no se palpa, se ha
dormido, y mi canto es golondrina de fuego que no vuela superficialmente, sino
va quemando el cielo sobre los árboles vestidos de graciosos movimientos, en el
lugar en que se anudan los caminos, en que se anudan los destinos, en que se
anudan los ombligos!
TORTUGA BARBADA. ¡Aop! j Aop! ¡Huvaravix!
HUVARAVIX. ¡Las rosas se han levantado, sin
las espinas en los pies de las hojas, vuelan los chupamieles sin sus picos de
espina,..!
CHUPAMIELES. (Verdes.) ¡Chupamiel!
¡Chupamiel! ¡Chupamiel! ¡Chupamiel!
CHUPAMIELES. (Morados.) ¡Miel
de chupa-chupamiel! ¡Miel de chupa-chupamiel!
TORTUGA BARBADA. ¡Aop! Aop! Sin su pico de
espina el chupamiel con qué probará la
CHUPAMIELES. (Amarillos.) ¡Miel
de chupamiel! ¡Miel de chupamiel! ¡Miel de chupamiel!
TORTUGA BARBADA. ...Y con el pico de espina,
qué doloroso dulce el de esa miel...
CHUPAMIELES. (Rojos.) ¡Chupa-chupamiel!
¡Chupa-chupamiel!
TORTUGA BARBADA. ¡Sin espina no hay miel y con
espina qué dolorosa es la miel!
Dos sombras color de agua asoman por detrás de
la cortina negra y arrebatan a la doncella que duerme en brazos de Cuculcán. Se
oye en el fondo el golpearse de las tortugas, atormentadas, retumbantes.
HUVARAVIX. ¡Se la han llevado! ¡Se la han
llevado! ¡Se la han llevado y Cuculcán no se palpa! ¡Se la han llevado al Baúl
de los Gigantes! ¡Se le han llevado a la ciudad donde todas las puertas están
cerradas, atrancadas por dentro, para que nadie penetre a las habitaciones del
templo en que se guardan el gusano y el oscuro plumón! ¡Se le han llevado,
aop... aop... se la han llevado y no despertará como los chupamieles... se la
han llevado... se la han llevado! ¡Por él se pintaba su carita de jícara
alargada hasta el peinado puntiagudo y su corazón de semilla de cacao tenía el
tueste del escudo de los guerreros, el calor redondo de los comales! ¡Por él se
había ataviado las muñecas de frágil caña morada con sartales de piedras y su
cuello con nueve hilos de oro y plata avellanada! ¡Y hasta muy lejos se
derramaba su olor de jardín con sobacos y sexo! ¡Se la han llevado... se la han
llevado... en el lecho olvidó un zarcillo de cobre reluciente y florecillas de
turquesa...!
Se oye un trueno de tempestad. Los chupamieles
que han permanecido inmóviles, se ponen en movimiento, vuelan enloquecidos de
alegría.
Cortina amarilla, color de la mañana, magia
del color amarillo de la mañana. Chinchibirín vestido de amarillo, sin máscara,
de rodillas ante la cortina amarilla. Se levanta y corre hacia el Oriente,
Poniente, Norte y Sur, ante los cuales hace grandes reverencias. Luego se
encuclilla, no lejos del radio mágico de la cortina amarilla, saca de su pecho
un paño amarillo, redondo, en forma de luna llena, lo extiende en el suelo y
sobre él coloca en círculo pepitas de oro, chayes de vidrio amarillo y pedazos
de copal que, después de masticarlos durante la ceremonia, quema en un pequeño
brasero, De un paño negro saca entonces algo así come 200 frijolitos color
coral y después de revolverlos toma un pollito con los dedos, los coloca
aparte, y sigue así hasta formar más o menos nueve montoncitos. De último, en
el paño amarillo redondo como la luna, ha quedado un solo frijolito coral y
esto lo amedrenta y lo hace tocarse repetidas veces los ojos, el pelo, los
dientes, y quedar inmóvil. Mal augurio el que sao un frijol coral haya quedado.
Pronto se tiende tétricamente alargado como un cadáver, aunque poco a poco se
va alejando del lugar en que ha estado así por un momento, ayudándose de las
codos, la cabeza, la espalda, los pies, para no perder su posición de muerto alargado;
mar al tocar la cortina amarilla, hace aspavientos de animal que se sacude el
agua del pelo, y salta de un lado al otro.
CHINCHIBIRÍN
El aturdido son de los ronrones,
baile de suertes en el sol maduro.
Intocable la luz de sueño de agua.
¿Y mañana?...
El aturdido son de los ronrones.
Alivio perezoso del verano,
en siesta atardecida, y el poroso
no ver del árbol seco, el baile
de las suertes en el aire...
Son sus hojas que bailan en el aire,
el aturdido son de los ronrones
baile de suertes en el sol maduro.
Intocable la luz de sueño de agua.
¿Y mañana?...
El aturdido son de los ronrones.
Alivio perezoso del verano,
en siesta atardecida, y el poroso
no ver del árbol seco, el baile
de las suertes en el aire...
Son sus hojas que bailan en el aire,
el aturdido son de los ronrones
Entra Cuculcán, todo de amarillo, en zancos
amarillos, se sitúa frente a la cortina amarilla,
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol!
CHINCHIBIRÍN. ¡Señor!
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol!
CHINCHIBIRÍN. ¡Mi Señor!
CUCULCÁN. ¡Soy como el Sol!
CHINCHIBIRÍN. ¡Gran Señor!
CUCULCÁN. ¡El pedernal amarillo es la piedra
de la mañana! ¡La Madre Ceiba amarilla es mi centro amarillo! ¡Amarillo es mi
árbol, amarillo es mi camote, amarillos son mis pavos, el frijol de espalda
amarilla es mi frijol!
CHINCHIBIRÍN. ¡Señor!
CUCULCÁN. ¡El pedernal rojo es la sagrada
piedra de la tarde! ¡La Madre Ceiba roja es mi centro, escondido está en el
Poniente, suyos son el zapote rojo y los bejucos rojos! ¡Los pavos rojos de
cresta amarilla son mis pavos! ¡El maíz rojo y tostado es mi maíz!
CHINCHIBIRÍN. ¡Mi Señor!
CUCULCÁN. ¡El pedernal negro es mi piedra de
la noche! ¡El maíz negro y acaracolado es mi maíz! ¡El camote de pezón negro es
mi camote! ¡Los pavos negros son mis pavos! ¡La negra noche es mi casa! ¡El
frijol negro es mi frijol! ¡El haba negra es mi haba!
CHINCHIBIRÍN. ¡Gran Señor!
CUCULCÁN. ¡El calabozo blando inunda las
tierras del Norte! ¡La flor amarilla es mi jícara! ¡La flor de oro es mi flor!
GUACAMAYO. (Oculto.) ¡Cuác,
cuác, cuác, cuác!
CUCULCÁN. ¡El calabazo rojo se derrama sobre
las tierras del Poniente! ¡La flor roja es mi jícara! ¡El girasol rojo es mi
girasol!
GUACAMAYO. (Oculto.) ¡Cuác,
cuác, cuác, cuác!
CUCULCÁN. ¡El calabazo negro riega las tierras
invisibles! ¡El lirio negro es mi jícara! ¡El lirio negro es mi lirio!
CHINCHIBIRÍN. ¡Señor, mi Señor, gran Señor!
GUACAMAYO. (Oculto.) ¡Cuác,
cuác, acucuác, cuác! ¡Acuác! ¡Acucuác! ¡Acucuác!
CUCULCÁN. ¡Pájaro de colores, como el engaño!
Su resplandor no penetró todo el cielo, porque sólo era el esplendor de las
jadeítas y las piedras preciosas de su plumaje.
CHINCHIBIRÍN. ¡Es el Engañador y va a
perdernos! ¡Su voz deja en los oídos saliva venenosa de serpientes y supuración
de malestares en el pecho!
GUACAMAYO. (Oculto.) ¡Cuác, cuác, cuác, cuác!
¡Acucuác!
CHINCHIBIRÍN. ¡Hay que matarlo! Su cadáver
quedará como un arcoiris blanco...
CUCULCÁN. Su voz. Habla oscuridad. De lejos es
lindo su plumaje de alboroto de maíz dorado sobre el mar y la sangre. Todo
estaba en las jícaras de la tiniebla revuelto, descompuesto, informe. El
silencio rodeaba la vida. Era insufrible el silencio y los Creadores dejaron
sus sandalias para significar que no estaban ausentes de los cielos. Sus
sandalias o ecos. Pero el Guacamayo, jugando con las palabras, confundió los
ecos, sandalias de los dioses. El Guacamayo con su lengua enredó a los dioses
por los pies, al confundirles sus sandalias, al hacerles andar con los ecos del
pie derecho en el píe izquierdo...
GUACAMAYO. (Oculto.) ¡Cu-cu-cu-cuác!
¡Cu-cu-cuác!
CUCULCÁN. ¡Fue terrible, sangraron los pies de
los dioses confundidos en sus sandalias!
CHINCHIBIRÍN. Las sandalias de Cuculcán son
sus zancos...
CUCULCÁN. ¡Mis zancos son los árboles que
crecen! (Los zancos de Cuculcán empiezan a crecer y él se ve más alto.)
GUACAMAYO. (Oculto.) ¡Cu-cu-cu-cuác!
¡Cu-cu-cu-cuác!
CHINCHIBIRÍN. ¡Una piedra y mi honda!
CUCULCÁN. (Han seguido creciendo los
zancos y ya casi ha desaparecido en lo alto.) ¡No, el Guacamayo es
inmortal!
Cuculcán desaparece en lo alto. De los zancos
brotan enormes ramas. Se vuelven árboles. Chinchibirín queda con la honda al
aire, ya para lanzar el proyectil contra el Guacamayo oculto.
CHINCHIBIRÍN. (Después de recoger el
paño redondo, objetos y frijolitos coral.) Un mercado es como un Gran
Guacamayo, todos hablan, todos ofrecen cosas de colores, todos engañan, el que
vende escobas, el que vende cañutos de humo, el que vende cal, el que vende
jícaras, el que vende fruta, el que vende pescado, el que vende aves, el que
vende gusanos, y entre ellos se mezclan tos salteadores, los bebedores de
chicha, y los vendedores ambulantes de cañas dulces con penacho de hojas,
sopladores y petates de palma suave como la voz de los abuelos. Pero aquí
viene, con algún mensaje, el Blanco Aporreador de Tambores.
El Blanco Aporreador de Tambores se detiene a
la sombra de los árboles en que se transformaron los zancos de Cuculcán y deja
poco a poco en el suelo un bulto mediano que trae al hombro, envuelto en una
sábana. Acto seguido, toca su tambor. Chinchibirín se aparta para oírle.
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Mis manos
blancas se pintaron de tiña en los tunales! ¡Mis tambores son como rodajas de
tuna! ¡La Abuela de los Remiendos tiene lunares de espinas y por eso viene
envuelta en sábanas de blancas nubes! ¡Su sabiduría es de plata y quien la consulta
sabe que su voz no llegará por su oreja, sino por inspiración! (Desanuda
el bulto, lo abre y aparece una viejecita liliputiense.) ¡Abuela de
los Remiendos, bien venida al país de huipiles sembrados, montañosos, con
dibujos de animalitos, pájaros y conejos, huipiles extendidos, con agujeros
azules para las cabezas que han de salir de lo profundo! (Toca el
tambor.) ¡Bien venida; Abuela de los Remiendos! (Vuelve a
tocar el tambor.)
CHINCHIBIRÍN. (Se aproxima.) Una
consulta, abuelita...
ABUELA DE LOS REMIENDOS. Las que quieras,
hijo; pero tómame en brazos que no sé estar en el suelo.
CHINCHIBIRÍN. (La levanta y la carga
como a una criatura.) Qué clase de ave es el Guacamayo?
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¿Por qué preguntas
eso?
CHINCHIBIRÍN. Por curiosidad, abuelita; hay
tantos por aquí que uno no los distingue.
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¿Qué cosa y cosa es
el Guacamayo? Sí, son distintos, y entonces tu pregunta ya es distinta.
CHINCHIBIRÍN. No sé, abuelita...
ABUELA DE LOS REMIENDOS. Hay guacamayos de
cabeza colorada, pico amarillo muy ganchudo y vestido verde ; otros de plumas
amarillas resplandecientes ; los llama de fuego, color de sangre coagulada y
plumas azules en la cola, y los de bella emplumadura morada.
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Mis manos
blancas se pintaron de tiña en los tunales! ¡Mis tambores son como rodajas de
tuna! ¡La Abuela de los Remiendos tiene lunares de espinas y por eso viene
envuelta en sábanas de blancas nubes! ¡Su sabiduría es de plata y quien la
consulta sabe que su voz no llegará por su oreja, sino por inspiración! (Toca
el tambor.)
CHINCHIBIRÍN. (Cambiando de brazo a la
abuelita.) ¡Te cargaré con el brazo del corazón, para que me digas si los Guacamayos
son inmortales!
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¡Son inmortales!
CHINCHIBIRÍN. ¿Por qué son inmortales?
ABUELA DE LOS REMIENDOS. Porque son pájaros de
encantamiento. Pero tu pregunta era otra y ha huido de la punta de tu lengua.
Algo más querías saber de estos pájaros de oro redondo color de oro.
CHINCHIBIRÍN. No se te puede ocultar nada,
Abuela de los Remiendos. El Guacamayo...
GUACAMAYO. (Oculto.) ¡Cuác,
cuác, cuác! ¡Cuác, cuác, cuác!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. (Sonando
el tambor muy suave.) ¡Al que habla del Guacamayo, le cae el rayo!
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¡Por la tempestad de
tus tambores!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Mis manos
blancas se pintaron de tiña en los tunales! ¡Mis tambores son como rodajas de
tuna! (Suena muy fuerte, tempestuoso, el tambor.)
GUACAMAYO. ¡Cuác, cuác, cuác! (Entra y
por entrar ligero se cae armando la del rayo. Se levanta furioso.)¡Cuarác,
cuác! ¡Cuarác, cuác!
CHINCHIBIRÍN. (Al cesar el estruendo
del tambor y callar el Guacamayo.) Tu presencia facilita que sigamos
nuestro consejo. Huvaravix, el Maestro de los Cantos de Vigilia y Ralabal, el
que maneja los vientos, fueron testigos. Ahora, la Abuela de los Remiendos, nos
servirá de juez.
ABUELA DE LOS REMIENDOS. Tengo seca la boca.
Debe haber una caña dulce para la pobre abuela. Cuando se es viejo, las arrugas
de la tos de los años, que son peor que la sed, cierran la garganta, por eso es
que los viejos hacemos como que chupamos, como que mamamos...
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. Yo toco mis
tambores con caña dulce, por eso mi tempestad engendra las lluvias dulces.
Toma, abuela...
CHINCHIBIRÍN. ¿Ya podemos hablar?
ABUELA DE LOS REMIENDOS. Ya pueden hablar. La
caña se hace agua de lluvia dulce en mi boca. Muy sabrosa, muy sabrosa. Ni
tierna ni sazona...
CHINCHIBIRÍN. Cuác, dices que en el Palacio
del Sol todo es mentira, dices que la vida es una ilusión de los sentidos,
dices que nada existe fuera de Cuculcán que pasa de la mañana a la tarde, de la
tarde a la noche, de la noche a la mañana! ...
GUACAMAYO. ¡Acucuác, cuác, cuarác!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. (Sumerge
en el ruido de sus tambores, la voz del Guacamayo.) ¡Escucha, primero,
lo que se habla, Saliva!
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¡Y tú, calla tus
tempestades de cuero porque pueden despertar los chupamieles!
GUACAMAYO. Abuela sublime, ¿qué remedio tienes
para el dolor de dientes? ¡Me duelen cuando hay eclipse y cuando veo comer
caña!
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¡No puede haber
eclipse más que en tu saliva, porque la luna se despedazó en tu boca, por eso te
llamas Saliva de Espejo, y si hacen merced de creerlo, un guerrero no morirá,
caerá aparentemente muerto bajo la tiniebla del sueño, y de su pecho volverá a
salir el espejo amarillo del cielo, el comal redondo en que se cocían al fuego
lento de las estrellas, las tortillas de los dioses : amarillas y blancas
tortillas hechas de maíz amarillo y blanco, los días, y negras tortillas hechas
de maíz negro, las noches. (Blanco Aporreador de Tambores, atento al
discurso de la Abuela, toca el tambor, mientras ella toma aliento recapacita y
sigue.) ¡La Luna, por consejo de Saliva Pluma Amarilla, Pluma Roja,
Pluma Verde, Pluma Morada, Pluma Azul! ...
CHINCHIBIRÍN. ¡El Arcoiris!
GUACAMAYO. ¡Yo pedí remedio contra el dolor de
dientes, y ve con lo que sales, Abuela meñique!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. (Aboga
con el tambor la voz del Guacamayo.) ¡Maña la tuya de no dejar hablar
a los otros!
GUACAMAYO. ¡Acucuác, cuarác!
CHINCHIBIRÍN. ¡Van a despertar los
chupamieles!
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¡Sí, van a despertar
los chupamieles con esa tempestad en verano!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. Y no resisto.
Cuando lo oigo hablar me quema los oídos y entonces echo a sonar la tempestad
en mis tambores, para que venga el agua. Todas las orejas tostadas de las hojas
han escuchado su voz de fuego. Abuela de los Remiendos, dejaré la tentación del
tambor para cargarte. (La toma de brazos de Cbincbibirín.)
CHINCHIBIRÍN. Habla, Abuela. Nos interesa el
final de lo que decías.
ABUELA DE LOS REMIENDOS. Saliva aconsejó a la
Luna que se mostrara ante los dioses inconforme por su suerte. La de ella y la
de todos los comales. ¡No es justo, dicen los comales, que mientras las mujeres
aplauden con el maíz en las manos, al hacer las tortillas, nosotros nos
quememos! La Luna enrojeció y se hizo pedazos, pero sus fragmentos cayeron en
el sueño del guerrero frijol negro coa resplandor nocturno y de su pecho
resurgirá.
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Un guerrero no
morirá y de su pecho resurgirá la Luna, Comadre de los Comales! La comadre
Luna. Del pecho del guerrero frijol negro con resplandor nocturno.
GUACAMAYO. (Burlón.) Acucuác,
la abuelita debía contar otra adivinanza...! ¿Qué cosa y cosa una jícara azul,
sembrada de maíces tostados?
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¡El cielo sembrado de
estrellas!
GUACAMAYO. (Muy contento de la
contestación de la Abuela que le permite seguir la burla.) ¿Qué cosa y
cosa van guiando las plumas coloradas y van tras ellas los cuervos?
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¡La chamusquina de
las cabañas!
GUACAMAYO. (En abierta burla.) ¡Curác-cuác,
cutrác!... ¿qué cosa y cosa una vieja que tiene los cabellos de heno y está
cerca de la puerta de casa?
CHINCHIBIRÍN. ¡La troje y te callas de una
vez!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Toma a la Abuela,
Chinchibirín, porque si Saliva sigue burlándose de su sabiduría, le voy a dar
con el tambor en el pico!
ABUELA DE LOS REMIENDOS. ¡No haya guerra!
Estoy cansada, debemos volver a casa, Blanco Aporreador de Tambores, sin
provocar la tempestad del trueno que adelantaría la primavera. Esta vez, la
Luna brillará en el cielo cuando despierten los chupamieles.
GUACAMAYO. (Riéndose.) ¡Cuác,
cuác, cuác, cuác, cuác!... ¡Cuác, cuác, cuác, cuác!
ABUELA DE LOS REMIENDOS. (Al ademán de
Blanco Aporreador de pasarla a brazos de Chinchibirín, se agarra del cuello de
aquél.) ¡No, no, no, ya debo irme, ya debemos irnos, sin más
escándalo!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. Entonces, te
voy a envolver, Abuela... (La coloca sobre las sábanas en que la traía
y vuelve a hacer bulto con ella.) Y tú debías agradecer que la Abuela
no quiere que se haga escándalo, si no te curaba el dolor de dientes, dejándote
sin dientes.
CHINCHIBIRÍN. ¡Aparta, Blanco Aporreador de
Tambores, que yo soy el que va a acabar con él; pero antes quiero probarle que
no es cierto todo lo que me ha dicho! (Refiriéndose a la Abuela.) ¡Y
qué bien que se deja, es apenas creíble que tan gran sabiduría viaje en un
tanatillo de nubes!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. (Al
terminar de hacer el bulto con varios nudos.) ¡Este nudo es el del
Norte, el de la mano blanca de dedos con tortilla de maíz blanco! ¡Este nudo es
el del Sur, el de la mano amarilla de dedos con calabaza amarilla! ¡Este nudo
es el del Oriente, el de la mano roja de las suertes en los frijolillos rojos!
¡Este nudo es el de Poniente, el de la negra mano de la noche! ¡Cuatro son los
nudos del cielo, en la nube de la Abuela de los Remiendos!
CHINCHIBIRÍN. ¿Y no pesa?
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Nada! ¡Menos
que un colibrí!, Puedes pulsarla, es una pluma!
CHINCHIRIBÍN. (Tomándola de manos de
Blanco Aporreador.) ¡Es un juego y se podría ir con ella por los
caminos, lanzándola hacia arriba y recibiéndola! (Al decir esto, lanza
el’ bulto hacia lo alto. En vano trata Blanco Aporreador de interponerse, de
impedirlo, ya está hecho y en lugar de caer el bulto, sigue hacia arriba y se
detiene como una nube, a los ojos de todos.)
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¿Qué has hecho,
Chinchibirín?...
CHINCHIBIRÍN. ¡No sabía qué era una nube!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Mejor no te la
hubiera dado! (No sabe qué hacer, a todo esto la nube va caminando, es
el bulto en que va la Abuela de los Remiendos.)
GUACAMAYO. (Con fiestas, alegrándose
de lo que les ha pasado.) ¡Chin-chin-chin-chibirín!
¡Chin-chin-chi-chibirín! ¡Chin-chin-chinchibirín! ¿Chinchibirín-chin-chin! ¡Chinchibirín-chin-chin!
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Mi tambor! ¡Mi
tambor! (Ha empezado a soplar fuerte viento.)
CHINCHIBIRÍN. ¡La Abuela dijo que no
pelearan! (Trata de detener a Blanco Aporreador que ha tomado el
tambor.) ¡No es hora de pelear... debemos ver cómo salvamos a...
deja... deja el tambor... estos pájaros son así, muy vestidos de piedras
preciosas, muy bonitos por fuera, pero de un corazón negro! ...
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Suelta...
suéltame las manos... déjame el tambor... voy a que truene la tempestad del eco
para que llueva y rescatemos a la Abuela, y entonces devolveremos su risa a
este Saliva de mal corazón, en las mazorcas!
Cortina roja, color de la tarde, magia del
color rojo de la tarde. Cuculcán se desviste del amarillo de la mañana con
movimientos sacerdotales. Un escuadrón de guerreros pasa. Pitahaya las caras,
pitahaya las manos, pitahaya los pies. Todos van empenachados con plumas
purpurinas. En las orejas, a manera de aretes, pájaros de plumas rojas o flores
de fuego. Trajes, escudos, arcos, calzar, flechas en matices que van del pálido
barro quemado hasta el rabioso rojo de la sangre. Entran y salen en formación
interminable. Vestido Cuculcán de rojo, se coloca frente a la cortina roja de
la tarde y a partir de ese momento, empieza a anunciarse la batalla con gritos
estridentes. Los guerreros rojos, por sus genuflexiones, más parecen tratantes
que guerreros. Es un baile de ofertas y de réplicas. Pero de las genuflexiones
pasan al ataque. Resuenan tambores y caracolas.
CORO. (Lento.) ¿De
qué subterráneo se arrancan las chispas de la destrucción? ¡El humo, la
ahogazón, salta del pecho de la tierra herida! ¡No te bastó olerme por encima y
enterrar tu flecha en mi corazón! ¿A qué huele mi corazón? ¡Dilo, por el
turpial que lo calla, di a qué huele mi corazón! ¡Mañana será tarde! ¡Mi oído
estará seco! ¡Di a qué huele mi corazón, antes que el suelo se haga mi
horizonte! ¡Mi corazón perforado por la flecha quedará como la piedra
agujereada del juego de pelota! ¡En tu flecha tu olor que me duele!
CHINCHIBIRÍN. (Se detiene en medio de
la batalla, en que él y Cuculcán toman parte activa entre los combatientes,
todos al ataque de la cortina roja con sus flechas.) ¡Guerreros, aquí
encenderemos, después del triunfo, la colmena de las avispas de oro, sudorosas
de sol las alas y ventrudas de miel amarga! ¡Las avispas que robaron los ojos a
las flores, pancitas llenas de ojos de flores que ciegas quedaron! ¡Ciegas!
¡Por eso es la guerra, matanza por las flores que quedaron ciegas! ¡Las avispas
de oro les robaron los ojos para los panales de luz! ¡Ciento y miles de
gallinas van a ser desvestidas de sus plumas! ¿Dónde están los enemigos? ¡Sobre
ellos iremos a descansar! ...
CORO. (Lento.) ¡Fiesta del reposo
sobre los enemigos! ¡Seis días y veinte días atrás éramos amigos, sabíamos su
olor sin negarles el nuestro ; el aire nos traía sus cabellos, como hierbas
fragantes, y espumitas de su saliva pisaban nuestras plantas, y su tabaco
pintaba de amarillo nuestros dientes!
Sigue la lluvia de flechas rojas sobre la
cortina roja. Tambores, conchas de tortugas, tunes, caracolas, piedras
entrechocadas aumentan el ruido desgarrador de la batalla de la tarde.
CORO. (Lento.) ¡Fiesta del
reposo sobre los enemigos! ¡Seis días y veinte días fuimos amigos, hoy
descansaremos sobre ellos o ellos sobre nosotros, como enemigos, descansarán!
¡No hay paz si no se reposa sobre los escudos, las cabezas y los cuerpos sin
cabeza del enemigo! ¡Nosotros, oíd guerreros, oíd guerreros combatientes, hemos
vivido en paz, porque cien veces en cien anos de cuatrocientos días, nuestros
padres descansaron, después del combate, sobre los escudos, las cabezas y los
cuerpos sin cabeza del enemigo!
Una lluvia de flechas cae sobre la cortina roja.
Disparan casi al mismo tiempo todos los guerreros. Cuculcán, unido a los
combatientes, dispara. Bailan al compás de un estrépito ensordecedor de
tambores, caracolas, tunes, piedras golpeadas. La lluvia de flechas rojas
enciende, cerca de la cortina de la tarde, el fuego de la guerra. Llamea. Los
guerreros siguen a Cuculcán, se acercan y se alejan del fuego. Más flechas,
piedras de honda de pita y alaridos de gusto, de rabia, de guerra, de fiesta.
CHINCHIBIRÍN. (Hace alto y grita
sofocado.) ¡Guerreros, la raíz de la .guerra en las lenguas de lo que
cada uno defiende! ¡La raíz de la guerra en el aliento del hombre combatiente!
¡Es hermoso defender con la palabra lo que se paladea con el pedernal filudo de
la mirada, en el ojo del combatiente enemigo o en su pecho de piedra contraria!
¡Con la mirada me sacó la sangre más que con su cuchillo de pedernal! ¡Mi
sangre era mi vuelo... (cayendo y levantándose) ...ah, cómo pesa el
cuerpo del guerrero herido... no, no me dejes libre, átame de pies y manos a la
muerte para que no vuelva al fuego que me llama!
Sigue la danza guerrera. Muchos heridos y
muertos. Los combatientes saltan sobre los cuerpos de sus compañeros. Al
apagarse el campo de batalla con la última luz de la tarde, Cuculcán dispara su
última flecha y sale. Chinchibirín está entre los caídos.
CHINCHIBIRÍN. (La voz que no alcanza
aliento.) ¡Mi sangre era mi vuelo... era el ave que dentro de mí
volaba para mantenerse en alto... ah... cómo pesa el cuerpo del guerrero
herido... del guerrero que... del guerrero que... que... que ya va perdiendo
por dentro el vuelo de su sangre! ... ¡No... no me dejes libre, átame de pies y
manos a la muerte, para que no vuele al fuego que me llama!
GUACAMAYO. (Entra silencioso, funeral.
Algunas plumas alborotadas sobre sus ojos le dan apariencia pensativa, pues
parece que junta las cejas para ver mejor el triste resultado de la batalla,
Pasa entre los guerreros codos, como reconociéndolos y llega por fin a
Chinchibirín quo yace Se inclina como para olerle el aliento y aletea gozoso,
significando que aún vive,) ¡Uác, uác! ¡Uác, uác! (Da vueltas
aleteando alrededor de Chinchibirín.) ¡...birín, cuác, Chinchibirín,
cuác, Rinchinchibirín, cuác, cuác! ... ¡Chin! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! ...
¡Chin! ¡Chin! ¡Chin! Chinchibirín! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! Chin!
¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! (Así diciendo, va, paso adelante, paso atrás,
alrededor del cuerpo de Chinchibirín; pero de pronto se detiene y va hacia el
fuego que arde cerca de la cortina de la tarde.) ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín!
¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! (Al llegar al
fuego, se pone de espaldas y lo oculta con las alas abiertas.)
CHINCHIBIRÍN. (Se incorpora poto a
poco. Casi no puede levantar la cabeza.) ¡Sobre nosotros descansarán
ahora nuestros enemigos! ¡Tendrán paz y la servidumbre de los nuestros, y
nuestras mujeres, y nuestras joyas, y nuestras plumas, y nuestras
cosechas! (En la penumbra crepuscular confunde al Guacamayo con el
Arcoiris.)¡Ah, ya asoma el arcoiris, cubre el fuego de la guerra con sus
alas, el fuego de la guerra que no tiene ceniza! ¡Se levanta sin la flecha que
nos dio la muerte!’ ¡Ya lo veo y veo pasar bajo su puerta de colores, las
sombras de los que perdieron la vida combatiendo! ¿Qué será de nuestros
enemigos en su pensamiento? ¿Qué será de nuestros enemigos en su corazón, ahora
que tienen paz y reposo sobre nuestros escudos, sobre nuestras cabezas, sobre
nuestros cuerpos sin cabeza? ¡A la espalda de ellos ha salido el
arcoiris! (El Guacamayo mueve las alas.) Y no sólo veo sus
colores, sino entiendo sus señales, bejuco de agua de colibrí, habla de cielo
en nube acabada de partir... (El Guacamayo se vuelve.)
GUACAMAYO. (Volviéndose a
Chinchibirín, sacude las alas.) ¡Cuác! ¡Cuác! ¡Cuác!
CHINCHIBIRÍN. (Trata de incorporarse,
como el que se defiende en agonía, y apenas si logra articular.) ¿A
qué vienes? Di, ¿a qué vienes? ¡Tú, el Arcoiris del Engaño... qué dura es la
derrota!
GUACAMAYO. (Se aproxima a Chinchibirín
que ha vuelto a botar la cabeza sobre la tierra del combate.) ¡Vengo
para una sola y última flecha! (Se echa junto a Chinchibirín que no
responde, lo acaricia ton la pata.) ¡Una sola y última flecha,
acucuác!
CHINCHIBIRÍN. (Reacciona. El Guacamayo
se para y se retira asustado.) ¡El arco... mi flecha... mi flecha...
mi... mi... GUACAMAYO. ¡Tu última flecha es Yaí!
CHINCHIBIRÍN (Habla con dificultad.
Parece haberse agotado más con la reacción violenta.) ¡Yaí, Flor
Amarilla... co .. mo .. mis ojos con .. mi .. go .. co .. mo .. mis o .. í ..
dos .. conmigo .. co .. mo .. mis pies con .. migo .. co .. mo .. mis ma ..
como mis manos conmigo... ¡Yaí, Flor Amarilla!... (Gritando.) ¡Yaí,
Flor Amarilla... (Se vuelve a incorporar.) Mi madre era ciega,
pero ella la veía pasar por mi júbilo y yo la veía pasar por los ojos de ella
que no la veía... ¡Yaí, Flor Amarilla!... ¡Flor-flecha amarilla para matar al
Guacamayo, ahora que estoy empapado de crepúsculo!
Prolongado silencio. Se oye la respiración del
Guacamayo. Sus picotazos al aire, como si atacara a alguien. Pura monomanía de
pájaro viejo. Entra Yaí, joven, radiante. Viste de amarillo muy claro. Sortea
al pasar los cuerpos de los caídos en el combate de la tarde. Se detiene junto
al fuego que arde cerca de la cortina roja, y dice al fuego.
YAÍ. Los que oyen la tierra hecha en sus oídos
tierra. Los que ven la tierra hecha en sus ojos tierra. Los que huelen la
tierra hecha en sus narices tierra. Los que prueban la tierra hecha en sus
labios y sus lenguas tierra...
CHINCHIBIRÍN. (Voz lejana, apagada,
surgida de entre los muertos en el combate.) ¡Yaí, Flor Amarilla...!
YAÍ. (Sorprendida de oírse nombrar,
sin saber por quién.) Después del combate quedan vagando en el campo
de batalla las últimas palabras de los combatientes. Después del combate,
después de la vida, después de la llama, cuando la brasa deja ir maripositas de
blanca ceniza...
CHINCHIBIRÍN. ¡Yaí, Flor Amarilla!
YAÍ. (Inquieta, pierde su aparente
aplomo.) ¡Alguno de los combatientes murió con mi nombre en los
labios! ... Cuculcán... ¿Sería Cuculcán, al que estoy ofrecida desde
niña? (Busca entre los guerreros caídos, para ver si le encuentra.) ¡Cuculcán!
¡Cuculcán, Poderoso del Cielo y de la Tierra, el del Palacio de los Tres
Colores, como el Palacio del Sol... el que sale por la mañana vestido de amarillo,
el que por la tarde viste de rojo, el que por la noche, aún vestido, tiene la
desnudez de la tiniebla...!
CHINCHIBIRÍN. ¡Yaí, Flor Amarilla!
YAÍ. (Toma de un ala al Guacamayo que
parece dormitar.) ¡Tú has sido! ¿Para qué m quieres? ¿Para qué me
llamas?
GUACAMAYO. (Defendiéndose.) ¡Cuác!
¡Cuác! Cuác!
YAÍ. ¡Me quieres hacer creer que me llaman los
muertos, embustero!
GUACAMAYO. (Encorajinado.) ¡No
he movido el pico!
YAÍ. Gran Saliva de Espejo cuando quiere habla
sin mover el pico...
GUACAMAYO. ¡Cuác! ¡Cuác! ¡Cuác!
YAÍ. Digo que Gran Saliva de Espejo cuando
quiere habla sin mover el pico. Ahora mismo me llamabas con una voz que te sale
de las plumas del vientre. Sin duda querías apartarme del fuego de la guerra,
el fuego que no tiene ceniza, y que pronto será el nance de la tarde, aquel
fuego que tú picoteaste en vano.
CHINCHIBIRÍN. ¡Yaí, Flor Amarilla!
YAÍ. ¡Habla como debe ser, para eso tienes
pico! ¡Me da miedo, me escalofría oírte hablar con las plumas!
GUACAMAYO. ¡Acacuác, esa voz es tan conocida,
antes te salía a llamar en los caminos del sueño!
YAÍ. ¡Ahora me ha salido a llamar...! (Las
manos en la cara, sobre los ojos, lo que le impide ver de dónde parte esta vez
tu nombre.)
CHINCHIBIRÍN. ¡Yaí! ...
YAÍ. ¡Ha dicho mi nombre un muerto! ¿Has oído
mi nombre, mi nombre, Yaí, dicho por un muerto, Relámpago de Chayes de Colores?
GUACAMAYO. El nombre de la que hablaba con el
fuego...
YAÍ. ¡Yo hablaba con el fuego!
GUACAMAYO. ¡Le dabas tu último mensaje, acucuác
: Flor Amarilla compartirá esta noche el lecho del Poderoso Cuculcán!
YAÍ. (Inclinándose para asentir con lo
dicho por el Guacamayo.) De la frente al caer de mi suerte..
GUACAMAYO. ¡Cuác de mi acucuác!
YAÍ. En el lugar de la Abundancia me
ofrecieron Mis padres en forma de una flor a Cuculcán y por eso no hubo cosecha
mala en sus tierras ni mal de ojo en la casa, Cinco veces se abrió el vientre
de mi madre y yo fui la elegida. Conmigo se cerró el vientre de mi madre para
siempre.
GUACAMAYO. (Paternal.) Yaí,
cuác de mi acucuác, al abrirse la última vez el vientre de. tu madre, fue una
concha de dos labios que dejó escapar una palabra con destino de molusco.
YAÍ. No entiendo lo que dices, pero me da
miedo; mientras hablaba con el fuego, me llamó un muerto y no era Cuculcán.
GUACAMAYO. ¡No era Cuculcán, cuác de mi
acucuác; el Poderoso del Cielo y de la Tierra, te espera esta noche! ...
YAÍ. ¿Será mi esposo?
GUACAMAYO. ¡Sólo esta noche, Flor Amarilla de
Cuculcán hasta la aurora!
YAÍ. (Tirando de una de las alas al
Guacamayo.) ¡De mi frente al caer de mi suerte, qué has dicho!
GUACAMAYO. Yaí, Flor Amarilla de Cuculcán
hasta la Aurora!
YAÍ. ¡De mi frente al caer de mi suerte, por
qué hasta la aurora!
GUACAMAYO. ¡Porque el amor sólo dura una
noche! YAÍ. ¿Y mañana?
GUACAMAYO. ¡Ay, cuác de mi acucuác, para la
doncella que pasa la noche con el Sol, no amanece el Sol! ¡Te arrancarán del
lecho del Poderoso Señor del Cielo y de la Tierra, antes del rosicler del alba!
YAÍ. De mi frente al caer de mi suerte, seré
la estrella de la mañana, eso quieres decir.
GUACAMAYO. ¡Ay, cuác de mi acucuác, cómo
defiendes tu ilusión! Las manos de los ríos te arrancarán de su lecho, para
precipitarte en el Baúl de los Gigantes.
YAÍ. Pues iré río abajo, piragua cargada con
maíz de agrado. Maíz de agrado es el lenguaje de mi Señor. Pasaré los ríos,
pasaré los lagos y al mar llegaré dulce. ¡Ya ves cómo defiendo mi ilusión!
GUACAMAYO. Si de verdad la quieres defender,
oye las plumas amarillas de mi lenguaje, en un relámpago te dirán lo que tienes
que hacer, para que su lecho no lo ocupen, hoy tú y mañana otra...
YAÍ. ¿Otra?
GUACAMAYO. ¡Otra!
YAÍ. ¿Otra?
GUACAMAYO. ¿De qué te extrañas? El amor de
Cuculcán es como todo en su palacio, pasajero.
Yaí y el Guacamayo se apartan hablando en voz
baja. Ella muy pensativa y él con suaves ademanes de confidente. Chinchibirín
como si quisiera desatarse de lo que está soñando (está soñando a Yaí y al
Guacamayo), forcejea por despertar y habla, sin que aquellos se den cuenta.
CHINCHIBIRÍN. ¡El Arcoiris del Engaño para
Yaí, la última flecha, y yo el arquero! De mi frente a donde caen las hojas,
ella será la última flecha, si pone asunto a sus palabras. ¡Flor Amarilla, no
le oigas, no sigas su consejo, yo te conocí cuando no eras mujer en el Lugar de
la Abundancia, cuando eras agua y contigo mitigué mi sed, cuando eras sombra de
pinol y yo el dormido, cuando eras barro de comal para calentar tortillas
titilantes! Las tortillas eran estrellas y en la casa y en los caminos
nos acompañaban... (Calla y vuelve a quedar inmóvil.)
GUACAMAYO. ¡Cuác, cuác, cuác, acucuác, cuác!
YAÍ. (Sonriente y juguetona sigue al
Guacamayo que Se retira colérico.) ¿Qué pierdo con oír a este
pajarraco? ¡Gran Saliva, no me dejes sembrada, sin esperanza, en la congoja de
la tierra negra! Titubeo sin tu consejo, malo es tu corazón, porque a todo me
resigno, menos a la otra...
GUACAMAYO. Si sólo fueras tú, pero esa
otra. (Se alojan. Ella, poco a poco, va perdiendo su aire burlón y
parece preocupada de lo que le dice el Guacamayo.)
CHINCHIBIRÍN. ¡Yaí, Flor Amarilla, no le des
oídos al engaño, quiere acabar con el Palacio de los Tres Colores que dice que
es sólo una ilusión de los sentidos, porque nada existe, fuera de Cuculcán que
pasa de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la noche a la mañana,
de la mañana a la tarde! ...
GUACAMAYO. (Volviéndose a Chinchibirín
que sólo él alcanza a oír.) ¡Cuác! ¡Cuác! ¡Cuác!
YAÍ. ¿Hablas con los muertos?
GUACAMAYO. ¡Sí, porque estoy hablando contigo!
YAÍ. Horroroso!
El Guacamayo y Yaí siguen hablando. No se oye
lo que hablan, pero por sus actitudes y movimientos se adivina que él trata de
convencerla.
CHINCHIBIRÍN. ¡Yaí, Flor Amarilla, no te
pongas en el Arcoiris de su voz como una flecha! ¡El mismo me lo dijo: tú, el
arquero; Yaí, la flecha, y yo el Arcoiris! ¡No te dejes guiar por el plumaje
rico y perfecto color de su lenguaje! ¡El embuste vestido de piedras preciosas,
embuste se queda! ¡Siento que se hacen agua mis espejos en sus casas de ramos
de pino!
YAÍ. (Al Guacamayo.) ¡Bueno,
pero sin promesa de hacer lo que aconsejes!
GUACAMAYO. ¡Como quieras!
YAÍ. Hacerlo o no hacerlo queda de mi frente a
la caída de mi suerte...
GUACAMAYO. ¡Por las diez piedras de tus manos,
acucuác, mi preferida, la preferida de Gran Saliva! En mi pluma de espejo, las
liendres son cositas de plata. Te fastidio con tanto hablar, pero no puedo
estarme callado, es mi naturaleza cómo la de la mujer, palabra envuelta en
palabras.
YAÍ. ¡Me desesperas! ¡Me comes en la cabeza,
no por fuera, por dentro, como come la memoria! ¡No puedo olvidar nada de lo
que has dicho, porque, como la memoria come, me pica la cabeza por dentro! ¡Los
piojos una se los arranca, se los bota, se los rasca, se los masca; pero la
memoria... piojería que negrea hasta el corazón repite que repite —malvado—
otra, otra, otra!
GUACAMAYO. (Retira una de sus patas;
Yaí trata de pisoteársela.) ¡Cuác, cuác, cuarác, cuác! ¡Cuác, cuác,
cuarác, cuác!
YAÍ. ¡Cuarác, cuác te voy a hacer! Y no sólo
por esa otra, que no es una sino todas, porque después de mí todas serán atrás
sino por el embeleco de que Cuculcán, mi prometido, es apenas una imagen en el
espejo de la noche y será una sombra inexistente en el momento del amor. (Se
le oye sollozar.)
GUACAMAYO. (Después de un fingido y
profundo suspiro.) ¡Saber que aquello que hueles y hueles, para
cosértelo en el alma con la aguja de dos ojos y el hilo del aliento grueso como
pábilo, no pasa de ser una imagen copiada en un espejote negro!
YAÍ. ¡Calla, masticador de alacranes!
GUACAMAYO. ¡Saber que vas a sacrificarte por
lo que no es y estará, creado por tus sentidos, una noche en tus brazos, esta
noche y no más que esta noche, acucuác, porque mañana en pintando el alba, la
realidad lo arrebatará todo!
YAÍ. ¿De qué cuero están hechos los hilos de
ni lengua de chayes?
GUACAMAYO. ¡De cuero de lagarto curtido en los
altos cepos de la tempestad y el llanto, de lagartos de lomo de diamantes! Y
saber que está en tus manas, Yaí, cambiar el amor fingido...
YAÍ. ¡El amor es eterno!
GUACAMAYO. ¡Es eterno, pero no en el Palacio
del Sol, en el Palacio de los Sentidos, donde, como todas las cosas, pasa,
cambia!
YAÍ. ¡No tienes dientes, pero me has abierto
las orejas con tu pico de pedernal, y no para poner piedras preciosas, sino
palabras que ya no son palabras si es ilusorio el amor!...
GUACAMAYO. ¡Ay, mi acucuác, amarás esta noche
lo que no es más que un engaño, producto de un juego de espejos, un juego de
palabras, humores íntimos que se derramarán en realidad, en verdad, pero en un
plano inferior al de la imagen adorada!
YAÍ. ¡Me tienes en el buche de colores! ¡Me
has encerrado en un cántaro agujereado en forma de corazón, la luz entra por
estrellas y no se oye el latido, pero se ve titilar distante... hay que juntar
la imagen de la persona amada, el latido distante, con su cuerpo!
GUACAMAYO. Y para eso tienes que escapar a la
muerte que te espera en el lecho del Poderoso Cuculcán.
YAÍ. Tú dirás cómo...
GUACAMAYO. En tus manos está...
YAÍ. (Viéndose las manos.) ¿En
mis manos?...
GUACAMAYO. En tus manos...
YAÍ. ¿Tendré que estrangularlo? (Casi
hace el ademán con las manos de apretar la garganta de Cuculcán.)¿Tendré
que luchar con una serpiente negra?
GUACAMAYO. Vas a luchar contra una imagen...
YAÍ. ¿Y cómo podrán mis manos luchar contra
una imagen que está en un espejo?...
GUACAMAYO. ¡Ábrelas! (Yaí abre las
manos.) Pónlas bajo mi aliento, bajo mi saliva, bajo mi palabra...
YAÍ. (Apenas expuestas las palmas de
sus manos bajo ,el pico de Guacamayo, las retira.) ¡Me has quemado con
tu aliento, pájaro de fuego! ¡La misma quemadura que produce el
chichicaste! (Con las manos cerradas, temblando de frío.) ¡Ay,
qué me has hecho... es un ardor horrible... ni (a punto de soltar el
llanto) so... so... soplan (abre las manos para soplárselas) ...
¡Uuy, uyuy, uyuy... (grita) ... ¡Son dos espejos! ... (Se
las sacude: le ha pasado el ardor de la quemada, pero quiere botarse los
espejos que le han quedado en las palmas, como guantes.) ¡Son dos
espejos! ¡Me veo en éste y me veo en éste (cambiándose las manos ante
la cara), y en éste de aquí, y y en éste de aquí... y en este otro... y me
veo aquí y aquí... y aquí también... (Corre de un lado a otro, ríe con
las mandíbulas casi trabadas, y se sacude, víctima de un ataque nervioso, sin
dejar de verse las manos, una y otra, riéndose, riéndose, riéndose...)
Cortina negra, color de la noche, magia de
color negro de la noche: Al píe de la cortina negra, el techo de Cuculcán
vacío, tendido sobre pieles de pumas y jaguares que parecen dormir amenazantes,
TORTUGA BARBADA, ¡Savia que pulsas en Io hondo
la reja de raíces en que vela el amor! ¡Lentitud de ave que pasea en hermoso
vuelo! ¡No me déis la sabiduría, sino el hechizo! ¡No las alas, sino lo que
resulta de su movimiento!
TORTUGAS. ¡No me deis el amor, sino el
hechizo! ¡No la savia, sino lo que resulta de su movimiento!
TORTUGA CON FLECOS. ¡Detrás de sus heridas
vela el amor y los dioses velan detrás de la reja de las estrellas! ¡No me deis
la sabiduría, sino el hechizo! ¡No la sangre, sino lo que resulta de su
movimiento!
TORTUGAS. ¡No me deis el amor sino el hechizo!
¡No la sangre, sino lo que resulta de su movimiento!
TORTUGA BARBADA: ¡Detrás de las rejas de sus
pestañas vela el amor! ¡Humo de cola de estrellas! ¡Langosta con saeta que
ilumina el cielo! ¡No me deis la sabiduría sino el hechizo! ¡No el sueño, sino
lo que resulta de su movimiento!
Se oye la risa de Yaí, f estiva, incontenible,
y la voz de Guacamayo que no puede ocultar su enojo. Las tortugas desaparecen,
se escabullen antes que aquéllos entren. Yaí aparece vestida de tiniebla detrás
de Guacamayo que trae el plumaje destilando agua.
YAÍ. ¡Já, já, já, já! ... ¡Já, já, já, já!...
GUACAMAYO. (Medio renco y sacudiendo
las alas,) ¡Cuarác, cuác, cuarác cuác cuác, cuarác cuác cuác!
YAÍ. ¡Já, já, já, já! ¡Já, já, já, já! ...
¡Já, já, já, já!
GUACAMAYO. ¡Has hecho mal en echarme agua!
YAÍ, ¡Vi un fogarón de plumas rojas . já, já,
já, já... una bola de fuego que me perseguía... já, já, já, já!...
GUACAMAYO, A veces parece que me quemo, pero
nunununnunca me quemo. Ya hasta tartajo estoy...
YAÍ. Yo qué sabía. Pasó por mi cabeza la idea
de que al apagar el principal incendio apagaba los espejos de mis manos
y... (hace el ademán de cuando le lanzó el agua), já, já, já, já.
GUACAMAYO. Creí recibir en la cara las palmas
de tus manos fragmentadas en pequeñas luces...
YAÍ. ¡Já, já, já, já!...
GUACAMAYO. Pero al oír rasgaduras de chayes en
el aire, algo que no podía ser reflejo...
YAÍ. Era el agua, já, já, já.
GUACAMAYO. Ya estaba bañado...
YAÍ. Perdona, pero no vi más que lo que vi: un
incendio, llamas, llamas... llamas amarillas, llamas rojas... otras azules y en
medio tú, como en la humazón de un respiradero volcánico...
GUACAMAYO. (Después de una pausa, con
la voz triste.). Si me da moquillo, ¿quién me sanará?
YAÍ. ¡Já, já, já... yo, desde que te salga el
primer gusano de la nariz!
GUACAMAYO. Acucuác quiere adornar su vestido
con alas de mariposas. Adornar es adorar. Las narices de los Guacamayos con
moquillo dan gusanos que pasado un tiempo se convierten en mariposas.
YAÍ. Y la ceguera relampagueante de las
luciérnagas, también nace de los mocos de los Guacamayos.
GUACAMAYO. También. Pero los espejos de tus
manos no son engrudo, de luciérnaga, sino aliento de fuego y servirán para
salvar tu ilusión, tu mundo, tu pradera, tu sudor de planta nerviosa.
Yaí se contempla las manos largamente. El
Guacamayo sigue destilando agua. Por detrás asoman las tortugas.
TORTUGA BARBADA. ¡Espinas y temores acompañan
a los que se dejan arrancar de su destino! ¡Embarrados de tuétano de huesos,
dormilones, dispersos, sus oídos se mojan de llanto al oír el chi, chi, chí de
esos pequeños borrachos de inmensidad negra, llamados pájaros del guiso de los
ojos que se pasó de sal!
YAÍ. ¿Dónde, pero dónde pondré mis manos que
me arden como quemadas de chichicaste? ¡Me veo en ésta y me veo en ésta, aquí
me veo, y aquí, y aquí en esta otra, y aquí también me veo! Y sólo cuando me
veo en ellas siento alivio.
TORTUGA CON FLECOS. ¡Agüeros y piedras tiradas
con honda acompañan a los que se dejan arrancar de su destino! ¡Yo, padre, yo,
madre, dejé que me arrancaran a mi hijo! ¡Dejé que me arrancaran de mi tierra!
¡El cocodrilo, vegetal del agua, se agarró del lodo para que no lo despegaran
de su casa de esmeraldas! ¡Y no cerró los ojos para recibir el golpe de la
sombra!
YAÍ: ¡Haré tortillas de maíz negro con mis
manos de espejo que son llanto de mi llamo, pata alimentar a los que como yo se
prestan al juego del engaño en los espejos!
TORTUGAS. , ¡Yo, padre, yo, madre, dejé que me
arrancaran a mi hijo! ¡Dejé que me arrancaran de mi tierra! ¡De mi sangre fui
separado! ¡De mi raíz fui separado porque presté oídos al engaño! ¡Me
emborraché para contar los pies del cientopié de oro y acabé sin poder contar
mis lágrimas!
TORTUGA BARBADA. ¡Mi oído se riega como el calor
en la arena, el gozo de la espuma con orejas de caracoles espumantes, y donde
lo pongo está su seno de negra punta cortada, y donde está su seno está tu
pecho moreno naranja y donde está tu pecho está tu corazón, y donde está tu
corazón, la casa de mi hijo! ¡Y así te habló mi hijo : yo soy tu gorgojo, por
mí se doblará tu cintura de árbol y tus senos colgarán como frutos de leche,
por mi reirás dormida, llorarás despierta, se te irán los pensamientos a las
nubes, y tu vida será liviana, rodadita necesidad de estar conmigo siempre será
ni vida!
GUACAMAYO, Desesperas con ese juego de manos,
ponlas bajo la neblina caliente de tu aliento.
YAÍ. Sólo se me alivian cuando me veo en
ellas...
GUACAMAYO, Son como tu ausencia...
YAÍ. ¡Es la única verdad que has dicho, loro
despenicado!
GUACAMAYO. Son como tu ausencia...
YAÍ. ¡Es la única verdad que has dicho, loro
despenicado!
GUACAMAYO. ¡No me digas loro!
YAÍ. ¡Te he querido comparar al pino que se
riega en las fiestas, verde y despenicado!
GUACAMAYO. ¡Fiesta estamos volviendo el tiempo
y una noche no dura más que una, noche!
YAÍ. Mis manos son como mi ausencia. Por ellas
me voy de mí, escapo de mi, de lo que son, de lo que pienso, de lo que siento,
de lo que hago, para multiplicarme en vanas otras yo misma, que son igual a mí
y que no son sino una imagen de mí misma que no soy yo... ¡Muchas otras!
¡Tantas otras! (viéndose en los espejos de sus manos.) ¡Esta
de cara sonriente! ¡Esta de cara muy seria! ¡Esta que va a romper a llorar!
¡Esta que parece pensativa y ésta que asoma indiferente como si nada le
importara!
GUACAMAYO. ¡Haz caso porque te vas a volver
local ¡Pon esos espejos que te servirán de mucho bajo la neblina de amanecer
que hay en tus pulmones!
RALABAL. (Invisible.) ¡Yo,
Ralabal, manejador de vientos, me boto hacia la costa sin mover las nubes que
amanecen amontonadas sobre los lagos! Yo, Ralabal, yo, yooo... yoooo... la
tierra se volvería loca si no pudiera cubrir los espejos de sus manos con los
plumones de su aliento!
YAÍ. ¿Qué soy sino la mueca de la que ríe, de
la que llora, de la que piensa? ¡Ya no seré más que mis muecas! ¡Muecas en el
espejo de mis manos! ¡Muecas de una mujer que fue dichosa antes de aprender las
muecas de engañarse y engañar! ¡Tu hilera de colores perforó mis orejas para
engusanarme por dentro igual que el moco de donde salen mariposas!
GUACAMAYO. ¡Una noche no dura más que una
noche, debes cubrir los espejos de tus manos con la piel de tu aliento y saber,
antes que pase más tiempo, lo que tienes que hacer para salvarte ; pero si no
oyes explicación, si estás en esa locura...
YAÍ. ¡Háblame en jerigonza de ausencia, ya
sólo soy un espejismo!
HUVARAVIX. (Invisible.) ¡Yo,
Huvaravix, Maestro de los Cantos de Vigilia, aligero mi paso para no mover las
nubes de póm que amanecen amontonadas sobre las lágrimas en la casa de la
piedra! ¡Las tribus se volverían locas si no pudieran cubrir los espejos de su
llanto en lagos con el humo del brasero de póm!
YAÍ. ¡Háblame en jerigonza de Saliva, el
llanto de las tribus espejea en mis manos!
GUACAMAYO. ¡Tierra de espejos, sopla tus lagos
para empañarlos de neblina!
YAÍ. Soplo así como lamiéndolas... (Al
instante de soplar sus manos quedan como paralizadas.) ...¡Ha sido mi
aliento!... Oh, prodigio... el prodigio de mi aliento... se me han borrado los
malditos espejos... una nube convertida en tela de cebolla...
GUACAMAYO. ¡La finísima piel del engaño ha
salido de tu boca de mujer!
YAÍ. Después de todo, eres bueno...
GUACAMAYO. Y ahora que acultas bajo tu aliento
de mujer, mi saliva y mi palabra...
YAÍ. Ya puedes irte...
GUACAMAYO. No, Flor Amarilla, sin decirte
antes lo que tienes que hacer para salvar al mundo de esta ficticia cadena de
días noches que a nada conduce...
YAÍ. ¿Tú crees?
GUACAMAYO. ¡A nada conducen los días y las
noches, los días y las noches, los días y las noches! Tropelía de dioses
indigestos de sangre hedionda de pájaros, dioses sin habla que se cortan las
uñas para botar a los brujos medias lunas con filo, instrumentos de arañar, de
tatuar, para envolver a los hombres en raíces inarrancables, viejas heridas
cicatrizadas...
YAÍ. Y ahora recuerdo que lo oí pasar por mi
suelo. Decía: «... yo te conocí, cuando no eras mujer, en el Lugar de la Abundancia,
cuando eras agua y contigo mitigué mi sed, cuando eras sombra de pinal y yo el
dormido, cuando eras barro de comal para cocer tortillas titilantes...»
GUACAMAYO. (Estornuda.) ¡Moquillo
de tiniebla!
YAÍ. Y ahora recuerdo que lo oí pasar por mi
sueño. «... Mi madre era ciega, decía, pero ella te veía pasar por mi júbilo y
yo te vela pasar por los ojos de ella que no te veía...»
GUACAMAYO. Recuerdas al Guerrero Amarillo...
YAÍ. A Cuculcán, seré su esposa hasta la
aurora...
GUACAMAYO. No. (Estornuda otra vez.) Se
interpone el Guerrero Amarillo, el que te ama más allá de esta cadena de días y
de, noches, que a nada conducen, el que te adora sin saber cómo eres, porque te
conoció cuando eras flor en el Lugar de la Abundancia.
YAÍ. Las mujeres somos de día flores y elle
noche mujeres, por eso el Guerrero Amarillo me debe haber visto como una flor
amarilla
GUACAMAYO. Y todo lo que está pasando...
YAÍ. ¡Hasta tu moquillo!
GUACAMAYO. ¡Mi moquillo, todo es bastimento
del destino, para que esta noche escalpes a Cuculcán y sigas al Guerrero
Amarillo que te lleva en el corazón! El te vio pasar cuando su madre que era
ciega te vio pasar par su júbilo. ¿Por quién sino por ti se llama él mismo el
Guerrero Amarillo?
YAÍ. ¿Es fuerte?
GUACAMAYO. Una vez puso su espalda en el río
para que cien mujeres en cien días distintos lavaran su ropa, y no tembló un
solo día, salvo, el día en que llegaste tú a lavar tu huipil de flores de
trueno.
YAÍ. Habría jurado, y ahora me explico, que
ese día sentí que las piernas se me iban en el río alargando en carne de
burbujas, y que de la cintura para abajo me habían acariciado dos manos grandes
de piedra, agua, aire y hierbas de quemado perfume.
GUACAMAYO, ¡El Guerrero Amarillo te lleva en
el tarazón!
YAÍ. Tuve que dejar el trapo que lavaba, no
recuerdo bien si era el huipil de flores de trueno, y sentarme a la orilla del
río temblando de una angustia placentera que nunca sentí antes en los senos
duros, en las piernas flojas, en los cabellos sudorosos, en los labios...
¿Quién sabe cuál es el verdadero amor?...
GUACAMAYO, ¡Acucuác, el tiempo acorta!
YAÍ. ¿El Guerrero Amarillo me lleva en el
corazón?
GUACAMAYO. Si, Flor Amarilla, el Guerrero
Amarillo te lleva en el corazón.
YAÍ. Ahora dime lo que tengo que hacer. ¿Cómo
dices que se llama?
GUACAMAYO. Chinchibirín...
YAÍ. Bajo la piel de mi aliento, se disimula
en las palmas de mis manes, el espejo de tu voz.
GUACAMAYO. Y así debes mantener mis espejos,
bajo la piel caliente y perfumada de tu aliento de mujer...
YAÍ. La piel del engaño, acucuác...
GUACAMAYO. Eres mujer, palabra envuelta en
palabras, engaño envuelto en engaño y como mujer quieres salvar tu ilusión.
YAÍ. Piensa tú por mí que yo ya no pienso más
que en lo que debo hacer con el Poderoso del Cielo y de la Tierra, cuyo amor
sólo dura una noche, el que se hará el dormido cuando vengan a arrancarme de su
lecho, para ser arrojada al Baúl de los Gigantes.
GUACAMAYO. Conseguí comunicarte mi odio pata
ese Gran Señor, tirano y egoísta, dueño del Palacio de los Tres Colores, en el
que pasamos de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la noche a la
mañana, por pasar el tiempo.
YAÍ. ¡Dime ya lo que debo hacer! El Guerrero
Amarillo me lleva en el corazón.
GUACAMAYO. Al venir Cuculcán, que ya no tarda,
a oler a Flor Amarilla graciosamente inclinada para que la huela bien, el olor
de la mujer emborracha al hombre, tomarla por el tallo para llevarla al lecho
nupcial y decirle palabra de amor, Flor Amarilla frotará sus manos acariciantes
en los cabellos del Poderoso Cuculcán, hasta que le brille la cabeza como un
espejo.
Se oye lejana melodía de flautas de caña y
ocarinas. Yaí y el Guacamayo empiezan a retirarse La música se acerca, cortada
por gritos de fiesta.
YAÍ. Debo embadurnarle tu saliva de espejo en
los cabellos.
GUACAMAYO. (Ya saliendo.) Y
al mismo tiempo irle diciendo estas palabras de encantamiento...
Salen Yaí y el Guacamayo. Cuculcán aparece
desvistiéndose. Deja caer la máscara, el carcaj, las calzas y los atavíos
rojos. Se repiten escenas rituales de la primera cortina negra: mujeres que le
visten y atavían y las ancianas que le ofrecen bebidas, hacen las quemas del
póm, y las que traen danzando los barandales floridos. Después de estas
ceremonias, al quedar solo Cuculcán, entra Yaí y se arrodilla.
YAÍ. ¡Señor, mi Señor, mi Gran Señor! (Cuculcán
se acerca, la levanta, la aproxima a su pecho, y la huele.) ...¡Siento
la aguja de dos ojos en mi pelo, parece buscar con su tripa quisquillosa mis
pensamientos!
CUCULCÁN. ¡Hueles a los encajes que el agua de
la dicha riega en las orillas de mis dientes! ¡De la punta de mis pies a mi
cabeza tengo una escalera de latidos para que subas conmigo a las ramas en que
se reparten los frutos, las flores, las semillas, las cinco semillas de los
cinco sentidos!
YAÍ. ¡Tu palabra y tus dientes de pedernal son
de anciano! ¡Ay de la mujer que al que quiere no lo encuentre mil años anterior
a ella, como un roble hermoso! ¡No nacían mis antepasados y ya. tú dabas
sombra! ¡Debes quererme como el agua quedamente, profundamente, claramente, en
doble concepto de sentirme fuera y dentro de ti!
CUCULCÁN. ¡Eres mía en persona y en imagen!
YAÍ. (Al tomarla de la cintura y
llevarla hacia el lecho.) ¡Señor que pasas de la mañana a la tarde, de
la tarde a la noche, de la noche a la mañana!
CUCULCÁN. ¡Eres mía en persona y en imagen y
yo soy tuyo en imagen y en persona!
YAÍ La imagen de mi Señor con mi persona, eso
me entristece, el verdadero amor no es así (se sientan al borde del
lecho), y de sólo pensar que estoy con la imagen de mi Señor y no con
su persona, sudo espinas.
CUCULCÁN Pero Sudor de Espinas Amarillas, no
sabe que su luz me llega de tan suave lejos, que me recuerda el comal del cielo
que se quebró en pedazos.
YAÍ. Mi Señor está contento entonces de mi
suave lejos de punta de espina, y cuando vuelva la Luna...
CUCULCÁN. Sus pedazos cayeron en el corazón
orgulloso de un Guerrero.
YAÍ. ¿Aparecerá redonda, con su misma forma?
CUCULCÁN. Hasta donde el Guerrero sea hábil
redondeador de escudos. Tendrá que esforzarse por hacer casar los pedazos de la
Luna uno con otro, para que le quede lo más redonda posible. Es una fábula...
YAÍ. ¿No es cierto entonces que el Guerrero
Amarillo...?
CUCULCÁN. ¡Yaí corazón visible de tan bueno!
YAÍ. ¿No es cierto entonces que el Guerrero
Amarillo tiene la Luna en su corazón?
CUCULCÁN. Es una fábula...
YAÍ. (Vivamente.) ¡Cómo todo
lo que existe en el Palacio Redondo de los Tres Colores! ¡En el Palacio del
Sol, todo es mentira, fábula, nada es verdad, nada, sólo el Señorón que nos
lleva de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche de la noche a la
mañana... (Cuculcán bota la cabeza en el regazo de Yaí como agobiado
por lo que dice, y ella empieza a acariciarle los cabellos leonados.) ¿A
qué conduce, dime Señor del Cielo y de la Tierra, esta sucesión de días y de
noches, de días y de noches, de días y de noches? A nada conduce. A dar una
sensación de movimiento que no existe, porque el que se ¡nueve; eres tú; de
vida que no es real sino ficticia y aún así, patrimonio que no nos pertenece,
porque somos de los que nos están soñando, sueños corporales, ¡esos somos!
... (El cabello de Cuculcán, acariciado por las manos de Yaí, empieza a
brillar con luz de luciérnaga.). Mi suave lejos de- punta de espina,
quiere saber quién me está soñando...
CUCULCÁN. ¡Amor que hablas en mis brazos, yo
te estoy soñando a
YAÍ. ¡Quién sea que me esté soñando que
despierte, yo me quiero borrar en seguida de la existencia, del engaño de los
sentidos!
CUCULCÁN. ¡Amor que hablas en mis brazos, si
yo no te estoy soñando, que no despierte el que te está soñando, que dure’ su,
sueño mientras estés conmigo!
YAÍ. ¡Ah, Señor el que me tiene viva en él y
viva en mí, porque me sueña, despertará antes de la albada!
CUCULCÁN. ¡Yo soy el que te tengo viva en mis
brazos y viva en mi sueño!
YAÍ. Pues despertarás de tu sueño de amor, en
el que soy tu creatura, creada por ti, tu creatura de sueño, antes de la aurora
y entonces un velo de sombra cubrirá el recuerdo de tu Sudor de Espinas
Amarillas.
CUCULCÁN.. No agarro bien el sabor de lo que
me dices; pero sabe a reproche de piedras preciosas que se han vuelto mieles de
colores, y estoy pegado a tu costado como un mosco a una pálida dulzura de
esmeralda y malva, y tus espaldas me dan Oriente de perlas de azúcar, y tus
muslos me hacen subir por los rubíes de los guerreros a la alcoba de las
constelaciones, bajo los verdes campos de jade tas de tus manos, que tienen en
sus cuencos de nido, la forma de tus senos casi azules...
YAÍ. ¡Me quiero borrar de la existencia, antes
de la aurora, y si estás soñando que me amas, despierta, no quiero ser un
engaño entre tus brazos! (Pausa.) ¿Po qué alimentas la
muerte?... ¿Por qué no repartes tus sentidos?...
CUCULCÁN. (Se pone en pie, los
cabellos relumbrantes y tos dientes relumbrantes de risa verdosa.) ¡Soy
como el Sol!... ¡Soy como el Sol!... ¡Soy cómo el Sol!...
YAÍ. (Sorprendida de ver a Cuculcán
con los cabellos alumbrados y de verse ella las manos limpias, sin espejos, se
levanta y dice con cierta agitación.) Sí, pero para Flor Amarilla,
Cuculcán es más que el Sol, es Girasol...
CUCULCÁN. (Al oír la palabra Girasol, empieza
a dar vueltas como un derviche turnante):
¡Otra vez girasol de sol a sol!
¿Quien fue primero, el sol o el girasol?
¿Quien fue primero, el sol o el girasol?
YAÍ. (Girando al revés.)
¡Cuculcán en el día y en la noche
girapicina azul de ápices de oro!
girapicina azul de ápices de oro!
CUCULCÁN. (Girando.)
¡Girasol, sol de gira, girasol,
ilusión de un sol y de otro sol!
ilusión de un sol y de otro sol!
YAÍ. (Girando al revés.)
¡Estrellita de mar nacida flor,
alfiletero de la puercoespín!
alfiletero de la puercoespín!
CUCULCÁN. (Girando.) ¡Las
luciérnagas juegan a colores, girándula es entonces girasol!
YAÍ. (Girando al revés.) ¡Siete
voces en pauta de arcoiris, girándula es entonces Cuculcán!
CUCULCÁN. (Girando.)
¡Y otra vez girasol de sol a sol,
sol, girasol y gira, girasol!
sol, girasol y gira, girasol!
YAÍ. (Antes que Cuculcán deje de
girar.) Y para Cuculcán, Flor Amarilla, ¿es flor o picaflor?
CUCULCÁN. (Girando.)
¡Otra vez picaflor de flor en flor!
Recuerdo de la flor ¿qué fue la flor?
Recuerdo de la flor ¿qué fue la flor?
YAÍ. (Girando al revés.)
¡Calcomanía que era sin ser flor,
jardín de aerolitos en semilla!
CUCULCÁN. (Girando.)
¡Picaflor, flor de pica, picaflor,
ilusión de una flor y de otra flor,
molinito de luz que muele miel
y en volando hacia atrás, pájaro-flor!
ilusión de una flor y de otra flor,
molinito de luz que muele miel
y en volando hacia atrás, pájaro-flor!
YAÍ. (Girando al revés.)
¡Estalactitas del sonido amor
en las antenas de las mariposas
que se nutren de estambres y pistilos
para captar la voz del picaflor!
en las antenas de las mariposas
que se nutren de estambres y pistilos
para captar la voz del picaflor!
CUCULCÁN. (Girando.)
¡Y otra vez picaflor de flor en flor,
flor, picaflor y pica, picaflor!
flor, picaflor y pica, picaflor!
YAÍ. (Enredándose en los brazos de
Cuculcán que deja de dar vueltas.) ¿No crees tú que siempre quiere
decir hasta la aurora, Cuculcán? ¡Reparte tus sentidos, de tus cabellos caen
las lluvias, reparte tus cinco palpitaciones entre los puntos cardinales, tuyos
son los lagos, tuyas son mis manos, los lagos sin neblina, mis manos sin
aliento de engañar!
CUCULCÁN. ¡Toda sangre gime como tórtola! ¡Mis
ojos al Norte, al Norte el sentido de mi vista, para que entre las pestañas de
los pinos vea el agua dormida, vea el agua y despierta!
YAÍ. ¡Sol, girasol y gira, girasol!
CUCULCÁN. ¡Mi sangre es el ave que me sostiene
azul! ¡Mis orejas al Sur, al Sur el sentido de mi oído, para que entre los
peñascos de los huesos: de la tierra, cara aporreada, haya quien recoja los
ecos de la ‘tormenta primaveral!
YAÍ. ¡Ilusión de un sol y de otro sol!
CUCULCÁN. ¡Mis narices al Oriente, al Oriente
el sentido de mi olfato, para que entre los cabellos de la lluvia vaya mi aguja
con dos ojos enhebrada a un solo aliento!
YAÍ. ¿Quién fue primero, el Sol o el girasol?
CUCULCÁN. ¡Mi lengua al Poniente, al Poniente
mi sentido del gusto, labios, dientes, saliva, palabra, paladar, fruto y canto,
inseparable todo el cielo de mi boca!
YAÍ. ¿Y el tacto?
CUCULCÁN. ¡Mi tacto a la Primavera! ¡A la
Primavera mi sentido de sentir las cosas! ¡Granada de rubíes en cáscara de oro,
soy. y mi tacto verde, es la esmeralda de la Primavera! ¡Oro y cielo, eso es la
Primavera!
Un trueno, al tiempo de hacerse noche
profunda, ahoga todos los sonidos. La luz vuelve paulatinamente, después de la
tempestad. Han desaparecido Yaí y Cuculcán. Blanco Aporreador, rodeado de los
Chupamieles y las Tortugas, toca sus tambores. Baja la nube en que se había ido
la Abuela de los Remiendos. Todos corren a desanudarla. Tortuga Barbada la saca
y la tiene en brazos. Todos se muestran jubilosos de volver a verla.
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Tuya la
sabiduría, Abuela de los Remiendos! ¡Tus uñas de pedernal anciano cicatrizaron
la locura de Cuculcán, cuando sólo le andaba en el pelo! ¡Sólo en el pelo le
andaba la locura, el fuego de la quema, y ya las nubes vagaban como locas!
Blanco Aporreador de Tambores toca sus
tambores, rodeado de los chupamieles que bailan y giran diciendo los versos del
girasol y el picaflor, combinados al capricho.
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Tuya la
sabiduría, Abuela de los Remiendos! ¡De la noche a la mañana habría acabado el
mundo, sin tu aguja de imán verde cuyo ojo es el espacio! El hilo de tu costura
es el hilo de tu cabello, pero corta como el más afilado pedernal cuando con él
te armas en defensa de las cosas buenas, Abuelita de las Abuelas.
De nuevo suena el tambor y bailan las
chupamieles bailan o giran, repitiendo los versos al capricho.
BLANCO APORREADOR DE TAMBORES. ¡Tuya la
sabiduría, Abuela de los Remiendos! Y el mundo por tu aguja seguirá la realidad
y en los espejos, en los hombres, en las mujeres y en los guacamayos. Cada uno
en su mundo, afuera, y todos reunidos en el espejo sonámbulo del sueño. Pero la
mujer no volverá a amar como el hombre. La mujer amaba como el hombre antes de
oír al Guacamayo. Ceniza de pelo de Cuculcán cayó en su corazón. Amará con
locura. Sin saber cómo amará. Un amor que no alcanzará a recibir una sola puntada
de tu aguja, nacido de su instinto, crecido de su instinto, envenenado de su
instinto. Y con sus manos enloquecerá a los hombres, como habría enloquecido a
Cuculcán, si no lo salva tu sabiduría
TORTUGA BARBADA. ¡Abuela de los
Remiendos (la. tiene en brazos), no hagas caso a Blanco Aporreador
de Tambores que es enemigo de las mujeres; Yaí encendió una rosa en los
cabellos del Sol, eso fue todo!
Blanco Aporreador toca sus tambores
alegremente. Los chupa mieles bailan y giran y dicen los versos de picaflor y
girasol.
Cortina amarilla, color de la mañana, magia
del color amarillo de la mañana. Entra Chinchibirín. Viste de amarillo, máscara
amarilla y arco y flechas amarillos. Un salto, otro salto, otra salto.
CHINCHIBIRÍN. (Grita.) ¡Yaí!
¡Yaí! ¡Yaí!
GUACAMAYO, (Oculto.) ¡Cuác,
cuác, cuác, cuác! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cuác, cuác, cuác, cuác! ¡Ja, ja, ja, ja!
CHINCHIBIRÍN. (Grita, busca.) ¡Yaí,
Flor Amarilla! ¡Yaí! ¡Yaí! ¡Yaí! ¡Flor Amarilla! ¡Flor Amarilla! ¡Yaí! ¡Yaí!
GUACAMAYO. (Oculto.) ¡Cuác,
cuác, cuác, cuác! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cuác, cuác, cuác, cuác! ¡Ja, ja, ja, ja!
Cortina roja, color de la tarde, magia del
color rojo de hl tarde. Entra Chinchibirín, Viste de amarillo, máscara amarilla
y arco y flecha arillos, Da saltos. Es ligero como una llama. Casi no toca el
suelo.
CHINCHIBIRÍN. (Grita.) ¡Yaí!
¡Yaí! ¡Yaí!
GUACAMAYO, (Oculto.) ¡Cuác,
cuác, cuác, cuác! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cuác, cuác, cuác, cuác! ¡Ja, ja, ja, jal
CHINCHIBIRÍN. (Grita, busca.) ¡Yaí,
Flor Amarilla! ¡Yaí! ¡Yaí! ¡Yaí! Flor Amarilla! ¡Flor Amarilla! ¡Yaí! ¡Yaí!
GUACAMAYO. (Oculto.) ¡Cuác,
cuác, cuác, cuác! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cuác, cuác, cuác, cuác! ¡Ja, ja, ja, ja!
Cortina negra, color de la noche, magia del
color negro de la noche. Entra Chinchibirín. Viste de amarillo, sin máscara,
.sin arco, sin flecha. No salta. Camina como enterrando los pies en el suelo.
Pesa al andar. Se da cuenta y le cuesta arrancar dos pies.
CHINCHIBIRÍN. (Derrotado,
fuerte la voz, pero llorosa.)¡Yaí! ¡Yaí! ¡Yaí! ¡Flor Amarilla.! ¡Yaí! ¡Flor
Amarilla! (Nadie responde. Después de un momento de espera.) ¡Yaí,
Flor Amarilla! ¡Yaí, Flor Amarilla, Yaí! ¡Yaí! ¡Yaí! (Su grito no tiene
eco ní respuesta.) ¡Yaí! ¡Yaí! ¡Yaí! (Como el qué oye que le
han. contestado, vuelve a ver a su pecho, se lleva las manos, se palpa, se
busca, trata de abrirse las ropas que se rasga en la prisa de hacerlo pronto, y
de su pecho saca la Luna. Un círculo dorado que prende en la cortina negra.
Cae. No se mueva más.)
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